Columnistas

Felix Soldevilla Cárdenas
Volver a Huaycos.

Es una soleada mañana de julio. Me encuentro en la plaza de Huachos, ocupada en parte por materiales de construcción. Hay la oportunidad de trepar a HUAYCOS, el anexo más cercano, ubicado a unos 1500 metros.

Es una pequeña comarca de un puñado de casitas dispersas, dos canales de regadío, cultivos de alfalfa, habas, papas, etc. Para llegar a este balcón natural solo se necesita caminar o a lomo de bestia. Aún no sube ningún tipo de vehículo motorizado, pues carece de vías adecuadas.

Asciendo por la cresta del cerro”Capillapata” por un caminito empinado cubierto casi por completo de “ichu”, “suncho” y flanqueado por cactus, conocidos por los lugareños como “sanki” (Tricocerius peruvianus) y “ancokiska” (Opuntia exaltata berger).Camino rodeado por la flora silvestre estacional. Busco la piedra con inscripciones, rayas, manos, codos y pies de un niño. Están esculpidos en bajo relieve. La encuentro pero solo logro ver los trazos de rayas, no las replicas de pececitos que si pude ver de pequeño. Queda pendiente una próxima caminata con un guía conocedor del lugar.

Ya es mediodía y hasta escucho la hora por el alto parlante de la escuela primaria de Huachos. Aprovecho para fotografiar parte del distrito desde lo alto y disfrutar, una vez más, de su incomparable belleza. A lo lejos, los alfalfares de “Huacapampa” y “Chupamonte” apenas tratan de imponer su verdor.

Retorno a la casita de Diosdado Espinoza Soldevilla, una con techo de tejas y otra de paja que hace de cocina. El almuerzo consiste en habas cocidas (“puspo”), una exquisita sopa de “morón”(cebada molida, quesillo, papas), un seco de carne y una taza de té.

Luego de la merienda, continuo haciendo turismo. “Inspeccionamos” su local comunal en construcción. Muy cerca se ubican una hilera de cuatro o cinco casitas llamativas. Es un embrión urbano y se ubican a la vera del camino a “Ccacachaca”.

Aun tengo tiempo para fotografiar a Don Cirilo Martínez Gálvez, un octogenario que se resiste a dejar el terruño y su casita de tejas. Vive solo. Camina con regular fluidez apoyado en su bastón. No tiene hijos que velen por él, pero si sobrinos que le preparan el almuerzo y se lo envían o llevan desde lejos.

Volver a Huaycos, es disfrutar de lo que nos brinda Huachos. Su pureza prístina, el agua cercana de sus manantiales de “Osgollo” y el trinar de las aves. Volver a Huaycos por una razón más. Aquí trabajo mi madre como maestra primaria, en una escuela que hoy no existe.

Felix M. Soldevilla Cardenas.