Es una soleada mañana
de julio. Me encuentro en la plaza de Huachos, ocupada en parte
por materiales de construcción. Hay la oportunidad de trepar a
HUAYCOS, el anexo más cercano, ubicado a unos 1500 metros.
Es una pequeña comarca
de un puñado de casitas dispersas, dos canales de regadío,
cultivos de alfalfa, habas, papas, etc. Para llegar a este balcón
natural solo se necesita caminar o a lomo de bestia. Aún no sube
ningún tipo de vehículo motorizado, pues carece de vías adecuadas.
Asciendo por la cresta
del cerro”Capillapata” por un caminito empinado cubierto casi por
completo de “ichu”, “suncho” y flanqueado por cactus, conocidos
por los lugareños como “sanki” (Tricocerius peruvianus) y
“ancokiska” (Opuntia exaltata berger).Camino rodeado por la flora
silvestre estacional. Busco la piedra con inscripciones, rayas,
manos, codos y pies de un niño. Están esculpidos en bajo relieve.
La encuentro pero solo logro ver los trazos de rayas, no las
replicas de pececitos que si pude ver de pequeño. Queda pendiente
una próxima caminata con un guía conocedor del lugar.
Ya es mediodía y hasta
escucho la hora por el alto parlante de la escuela primaria de
Huachos. Aprovecho para fotografiar parte del distrito desde lo
alto y disfrutar, una vez más, de su incomparable belleza. A lo
lejos, los alfalfares de “Huacapampa” y “Chupamonte” apenas tratan
de imponer su verdor.
Retorno a la casita de
Diosdado Espinoza Soldevilla, una con techo de tejas y otra de
paja que hace de cocina. El almuerzo consiste en habas cocidas (“puspo”),
una exquisita sopa de “morón”(cebada molida, quesillo, papas), un
seco de carne y una taza de té.
Luego de la merienda,
continuo haciendo turismo. “Inspeccionamos” su local comunal en
construcción. Muy cerca se ubican una hilera de cuatro o cinco
casitas llamativas. Es un embrión urbano y se ubican a la vera del
camino a “Ccacachaca”.
Aun tengo tiempo para
fotografiar a Don Cirilo Martínez Gálvez, un octogenario que se
resiste a dejar el terruño y su casita de tejas. Vive solo. Camina
con regular fluidez apoyado en su bastón. No tiene hijos que velen
por él, pero si sobrinos que le preparan el almuerzo y se lo
envían o llevan desde lejos.
Volver a Huaycos, es
disfrutar de lo que nos brinda Huachos. Su pureza prístina, el
agua cercana de sus manantiales de “Osgollo” y el trinar de las
aves. Volver a Huaycos por una razón más. Aquí trabajo mi madre
como maestra primaria, en una escuela que hoy no existe.
Felix M. Soldevilla
Cardenas.
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