Columnistas

Rubén Soldevilla Cárdenas
Amor al suelo Natal.

El ser humano tiene una patria para su alma: Ella es la tierra natal. Cada ser humano se apega al lugar de su nacimiento, al lugar donde vive o vivió, porque ahí están los elementos de su bienestar físico y moral. Uno se apega a su tierra natal por un amor invencible.

Una multitud de circunstancias consolidan y fortifican esa afección. Es, en ese lugar natural que uno ha recibido la vida y que ha transcurrido nuestra infancia; es ahí donde la madre y el padre que nos amaban tanto, nos prodigaban de cuidados y caricias.

Es en el seno de ese lugar que se han formado nuestros primeros pensamientos y todo lo que nos rodeaba fue alimento de nuestra curiosidad y de nuestras preguntas ingenuas.

Recordamos algún animal que amábamos frotarlo, correr con los camaradas de infancia, ver los primeros rayos de sol resplandecientes sobre las inclinaciones de las colinas, escuchar todavía el canto de los pájaros, el mugir de las vacas por los campos, el ladrido de los perros, etc.
No hay un lugar, un camino, una roca, un puente, un árbol que no despierten algunos pensamientos tan queridos a nuestra memoria y que lo guardamos para consolarnos cuando no se es feliz.

¿Podrá uno olvidar el sonido de las campanas, la iglesia donde se iba los domingos con la madre para orar a Dios? ¿Podrá uno olvidar ese templo, lugar de culto, donde se recibía por primera vez de la mano del reverendo, el cuerpo de Dios hecho hombre? ¿Podrá uno olvidar el hogar paternal, donde cada noche se oía de las abuelas y tías, cuentos, anécdotas e historias del tiempo pasado? No, nunca se olvida la infancia y los lugares queridos donde transcurrieron los primeros años de vida. Éramos entonces felices, tan tranquilos y tan confiados en el porvenir. Uno ama tanto recordar las circunstancias de esa edad encantadora, las sonrisas que se recibía de todo el mundo y las ilusiones con las cuales uno se dormía cada noche.

Cualquier acontecimiento, que más tarde transformara la vida, el ser humano recordara siempre su tierra natal, un lugar donde por primera vez se amo a la vida. Es así, como uno se ata al lugar de su nacimiento, por la felicidad y por las lágrimas.

Poco a poco, bajo la acción del tiempo vemos como caen, uno a uno, nuestras ilusiones, nuestras esperanzas, y envejecemos con la única esperanza que nos queda: Morir en el lugar en donde uno ha nacido y juntar nuestros restos con la de nuestros padres. Que felicidad ver una vez más la tierra natal, deliciosa hasta en las lágrimas y pesares.

Solamente entenderán aquellos que han dejado el terruño.

Rubén Soldevilla.