El ser humano tiene una patria para su alma:
Ella es la tierra natal. Cada ser humano se apega al lugar de su
nacimiento, al lugar donde vive o vivió, porque ahí están los
elementos de su bienestar físico y moral. Uno se apega a su tierra
natal por un amor invencible.
Una multitud de circunstancias consolidan y
fortifican esa afección. Es, en ese lugar natural que uno ha
recibido la vida y que ha transcurrido nuestra infancia; es ahí
donde la madre y el padre que nos amaban tanto, nos prodigaban de
cuidados y caricias.
Es en el seno de ese lugar que se han
formado nuestros primeros pensamientos y todo lo que nos rodeaba
fue alimento de nuestra curiosidad y de nuestras preguntas
ingenuas.
Recordamos algún animal que amábamos
frotarlo, correr con los camaradas de infancia, ver los primeros
rayos de sol resplandecientes sobre las inclinaciones de las
colinas, escuchar todavía el canto de los pájaros, el mugir de las
vacas por los campos, el ladrido de los perros, etc.
No hay un lugar, un camino, una roca, un puente, un árbol que no
despierten algunos pensamientos tan queridos a nuestra memoria y
que lo guardamos para consolarnos cuando no se es feliz.
¿Podrá uno olvidar el sonido de las
campanas, la iglesia donde se iba los domingos con la madre para
orar a Dios? ¿Podrá uno olvidar ese templo, lugar de culto, donde
se recibía por primera vez de la mano del reverendo, el cuerpo de
Dios hecho hombre? ¿Podrá uno olvidar el hogar paternal, donde
cada noche se oía de las abuelas y tías, cuentos, anécdotas e
historias del tiempo pasado? No, nunca se olvida la infancia y los
lugares queridos donde transcurrieron los primeros años de vida.
Éramos entonces felices, tan tranquilos y tan confiados en el
porvenir. Uno ama tanto recordar las circunstancias de esa edad
encantadora, las sonrisas que se recibía de todo el mundo y las
ilusiones con las cuales uno se dormía cada noche.
Cualquier acontecimiento, que más tarde
transformara la vida, el ser humano recordara siempre su tierra
natal, un lugar donde por primera vez se amo a la vida. Es así,
como uno se ata al lugar de su nacimiento, por la felicidad y por
las lágrimas.
Poco a poco, bajo la acción del tiempo vemos
como caen, uno a uno, nuestras ilusiones, nuestras esperanzas, y
envejecemos con la única esperanza que nos queda: Morir en el
lugar en donde uno ha nacido y juntar nuestros restos con la de
nuestros padres. Que felicidad ver una vez más la tierra natal,
deliciosa hasta en las lágrimas y pesares.
Solamente entenderán aquellos que han dejado
el terruño.
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