Ferrer Maizondo Saldaña

presenta
Tradiciones Huachinas

"Don Jacinto"

Personaje de ocupación múltiple: carpintero, zapatero, peluquero, adivino; pero el mayor de su tiempo lo entretenía haciendo bromas a niños, jóvenes y adultos, damas o varones. Vivía a la entrada del pueblo. Atento nomás estaba para hacer la pasada; un niño que apurado se dirigía a la tienda  a comprar azúcar, aceite y fósforo regre­saba comprando sal, querosene y caramelos; ¿Con quién se había encontrado?, con don Jacinto.

Todos caían en el enredo de su lengua. Como aquella vez que se apareció, nervioso, alterado, casi gritando: “A don Abraham lo ha machucado una enorme piedra”. Unos y otros corrían por el camino que conduce hacia Tambillo; el policía, el gobernador y don Jacinto adelante. Forto, Hipy, Bety y Martha lloraban apresurando el paso. Rafael Sánchez había corrido, pero a repicar los fatídicos dobles en señal de duelo. Los que quedaron en el pueblo se persignaban, otros se quitaban el sombrero.  En la esquina de un alfalfar, al  pie de una arbusto de marco, una piedra aplastaba un  enorme sapo. Recién ahí entendieron todo. A don Abraham Cárdenas le decían de sobrenombre: sapo. 

Como la mayoría de huachinos,   poseía  pequeñas extensiones de terreno que utilizaba en sembríos de papa, maíz, haba, alfalfa. Una de sus chacras, la de Pacuri, que se encuentra a orillas del río, producía enormes calabazas. Don Jacinto, atento siempre al ir y venir de la gente,  se había dado cuenta que últimamente las muchachas ya no iban a bañarse y lavar su ropa a Tucumachay o Tinco, sino preferían las pozas  de Pacuri. Desde Maquitacana, escondido entre los eucaliptos, miraba como las chicas y también algunos varones luego de bañarse recogían leña de los alrededores y cogían  las calabazas que estuvieran lo más cerca de sus manos. Él esperaba, con paciencia y deleite, que los jóvenes subieran con su  manta de ropa húmeda, su atado de leña y la calabaza; y, sin molestarse, cuando ya el grupo estaba a su frente, extendía la mano y con delicadeza quitaba el fruto y  decía: “Gracias, niños, por ayudarme a traer mis calabazas”.

Cerca de Machopanteón había sembrado maíz. Dos o tres mazorcas enormes resaltaban en cada plantón. Parecían maíces cuzqueños. Se anunciaba que la cosecha iba ser buena. Pero, amparado en la oscuridad, alguien se le adelantó. Cada mañana comprobaba, molesto, que  el amigo de lo ajeno lo había visitado. Aquello noche se internó en su chacra y esperó, siempre sentado, a que llegara el ladrón. Ni el frío, ni la soledad quebraron su espera. Luego del primer  canto del gallo, momento en que el sueño es más profundo,  empezó ese sonido fuerte y prolongado con que se quiebra la mazorca de la planta. Siguió esperando. La oscuridad, previa al amanecer es mayor.  Calculó que había cortado lo suficiente y se acercó, casi arrastrándose, al lugar por donde estaba la bulla, y cuando el ladrón  trataba de levantar el pesado costal lleno de choclos, don Jacinto dejó oír su voz: “¿te ayudo a levantar?”.

Nadie escapaba a sus bromas. Parientes y amigos también eran víctimas de don Jacinto. Como aquella vez del cumpleaños de Rómulo Patiño. Don Rómulo, como lo llamaban sus compoblanos, era un hombre dedicado  al trabajo; jamás se le veía mal parado  en una esquina, peor vociferando en una cantina; ejemplo de sacrificio y honradez. Las mejores chacras pertenecían a su propiedad. Bueno, también tenía como esposa a doña Apolonia Cárdenas, emprendedora y honesta dama huachina, hija de Eduviges Gutierrez. Que a don Rómulo le gustaba, de vez en cuando, la jarana y tenía chispa para enamorar, nadie tampoco lo niega, pero eso es letra para otra crónica. Mejor regresemos a lo que ocurrió el día del cumpleaños. Doña  Apo, dejando la responsabilidad de su tienda a Jaime y Vito, fue a su casa,  mató la mejor gallina, preparó un agradable potaje y envío con su menor hija el almuerzo  para el dueño del santo que se encontraba regando su alfalfar. Lily, portavianda en mano se dirige a Patapata, cuando, a la salida del pueblo se tropieza con don Jacinto. “Señorita, dice tu papá que yo le voy a llevar el almuerzo”. La niña que estaba apresurada porque en La Pampa lo esperaban para jugar sus amigas Griselda, Nora y Ernestina, entregó gustosa el almuerzo a don Jacinto. Ya imagina usted a don Rómulo esperando su almuerzo, retornando de hambre y amargo, en la noche a su casa y pidiendo las explicaciones del caso, mientras en su hogar descansaba feliz y contento don Jacinto después de haber almorzado un agradable estofado de gallina gorda.

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CINE EN HUACHOS

En la Esuela  PreVocacional  559 de nuestro pueblo, además de los clásicos docentes, contábamos con profesionales técnicos  que desde tercer año de primaria iban formando  y dando una nueva visión a los niños en el campo agropecuario, carpintería y metal mecánica.

El agropecuario era Vidal Suárez Patiño, un maestro que retornaba a su pueblo a compartir conocimientos y experiencias adquiridos en el  Valle del Mantaro. El maestro de la madera  fue Dario Patiño Yance. Además de un dominio de escuadras, cepillos y laqueados, es un gran cantor de huaynos, mulizas  y carnavalitos, cuya voz, acompañado de su guitarra,  se perfeccionaba en noches de serenata. Quedó enamorado del pueblo y de una bella huachina.

Francisco Díaz, conocido cariñosamente como don Pancho, se desplazaba entre dos mundos: su taller de mecánica y el cine. En su taller fueron  desarmados y vueltos a armar, limpiados y embadurnados de grasa todas o casi todas las máquinas de escribir, cocinas, máquinas de coser, lámparas, lamparines, que existía en el pueblo y sus anexos.

La mecánica fue su actividad principal, la que mayor tiempo le ocupaba; pero, la que más atención generó en los niños  fue su quehacer por el cine, convirtiéndose en el pionero del sétimo arte en Huachos. Cuando anunciaba, de esquina en esquina, casi como dando un encargo,  que proyectaría una película, todos corríamos con horas de anticipación hacia el Cabildo, y ganábamos un espacio entre las primeras filas, porque en la parte central  estaban  los adultos;  al final, medio escondidos, los jóvenes.

Al inicio de aquellas tardes, más que un espectáculo era una gran curiosidad. Ya estábamos todos, parecía que no faltaba nadie, cundo recién aparecía , con el rollo de película en la mano, don Pancho,  su fiel ayudante el Chino Curahua y su inseparable William.

En realidad era una empresa familiar, donde hasta el más pequeño  de sus niños estaba ayudando.  Encendían el motor, pedían silencio al público, cobraban el derecho de ingreso a los ya ingresados y debidamente acomodados en las bancas de madera o en el piso; algunos se atrevían a pedir  crédito o que le cobre a su papá que ya no tardaba en llegar; y, pensar que muchas veces la concurrencia no era muy numerosa.
 
Se apagaban las luces, que no era otra cosa que cerrar puerta y ventas y colocar cortinas negras  para evitar las filtraciones a través de las rendijas; eliminando el contrapunto entre la luz y la sombra.

Muchas películas se repetían incansablemente a pedido de los pequeños;  queríamos aprender  cómo Tarzán se lanzaba y se sumergía en  profundas aguas de ríos y lagos, y, cómo este mismo hombre mono se desplazaba con extremada facilidad por las ramas de inmensos árboles.

En los días, semanas y meses posteriores, Tarzán  fue un modelo que tratábamos de imitar  lanzándonos a las profundas pozas de Tukumachay, Tinco, Pacuri  o Chilcani. Los gritos y gestos no faltaban cuando salidos del agua o antes de ingresar a ella corríamos hacia los bosques y nos trepábamos a árboles y arbustos, creyendo muchas que superábamos a nuestro ídolo.

En días y semanas posteriores el  público vivía  fascinado con las historias. Los personajes se mezclaban en espectaculares viajes al espacio, guerras, coboyadas,  terror, historias de amor, desamor

Y hablando de amor, lo jóvenes ganaban los espacios del fondo, porque en ella los susurros se entendían  mejor, y la oscuridad  daba luces a la inspiración romántica. Muchas fueron una  María Félix; Varios se creían Pedro Infante o Jorge Negrete. Entre sonido, color, movimiento y  narración  tampoco faltó un Gardel.

Risas incontenibles porque presentaban a Cantinflas. Aquí me tienen ante ustedes y ustedes delante de mí, y ésta es una verdad que nadie podrá discutir. Y ahora me pregunto: ¿y por qué estoy aquí si podría estar en otra parte? Estoy aquí porque no estoy en otra parte y porque ustedes me llamaron, y si el pueblo me llama, el pueblo sabrá por qué lo hizo. Todos encantados, gracias Don Pancho.

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EN EL VALLE DE LAS SACUARAS

En las tranquilas y no muy profundas pozas  del río, abajo en Pacuri, están bañándose, culunchos, galasiquis,  tres mozalbetes.  Dos de ellos: Pompi y Fierro,   gritan, saltan y brincan. El tercero, Alchi, mira en silencio y  con atención el juego de los amigos.

Pacuri  es el valle de las sacuaras, queda al fondo  del pueblo. Para llegar hay que descender  por Manzanapata, y luego por un delgado, inclinado y arcilloso camino que bordea las chacras de Germán del Río. En el mes de los vientos, niños y jóvenes,  cargan enormes y rectas sacuaras para armar coloridas cometas  que se elevarán a lo alto llevando sus ilusiones.  Ahora no es agosto, pero han llegado tres traviesos  para chapalear en sus pozas.

Como los otros niños del pueblo tenían las manos cuarteadas, chapas  en la cara, pelo mal cortado, pantalón con tirantes, camisa desabotonada, chompa a la cintura, gorra o sombrero puestos a la carrera.

Siempre andaban junto los tres.  Comiendo tumbos o chancando nogal en Teneria, recogiendo lancar en Tinco, mascando caña en Chilcani, recogiendo nísperos en Cruzpata. Pero la mayor parte del tiempo la ocupaban jugando fútbol en el atrio de la iglesia, y alguna vez armando figuras y juguetes con arcilla en Lucma. Ellos todavía no iban a bañarse a las pozas de Tukumachay  o Tinco, porque ellas eran profundas y había que ser buenos nadadores  como Jango, Ítalo y Carlos Peve, Patito.

Pompi y Fierro eran primos hermanos, dueños, según ellos, de las plantaciones de nísperos  y otros frutales que abundaban por Cruzpata. A pesar de tener más de cinco años, Alchi no hablaba con eficiencia, sólo balbuceaba,  mal que bien,  una que otra palabra corta; muchos creían, incluido su familia, que se quedaría mudo. A una distancia no muy lejana, Felchi Cárdenas está regando sus sembríos y de rato en rato distrae su atención el juego de los niños en el río. Repentinamente las agua aumentaron su caudal y la profundidad del pozo era mayor, Pompi y Fierro empezaron a ser absorbido por un remolino.

Alchi, desesperado, empezó a agitar con fuerza las manos, quería gritar pero la voz no le salía, se desesperaba más, abrió con fuerza la  boca y por primera vez habló correctamente: ¡gente!, ¡gente!, ¡gente!. Felchi Cárdenas entendió el peligro y abandonando el riego  corrió a salvar  a dos mozalbetes que ya tenían los ojos saltones, la cara amoratada  y se habían atragantado con el agua. 

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LOS PINOS

Dos enormes y centenarios pinos se elevan como desafiando al cielo;  sus raíces se extiende, desde el atrio de la iglesia,  por la plaza, calles y caminos de Huachos. No son los únicos pinos del pueblo. En casa de la familia Medina, hay otro que posiblemente sea hermano de los que están en el atrio. Hay dos más, pero más jóvenes, uno en Lucma, en casa de la familia Molina; y el siguiente, en Cconocorán, en los jardines de los Suárez.

El templo católico del pueblo  es un monumento cargado y recargado  de obras artísticas que abarca imágenes de santos y vírgenes, altares en alto y bajo relieve, coloniales campanas, pileta de bronce, cruces de diversas dimensiones. Antes de ingresar  uno es recibido por los pinos; ellos amplían la  belleza y el encanto de uno de los mejores templos de todo Castrovirreyna, superado sólo por la catedral de Huancavelica.

Los pinos están ahí desde siempre. Nadie da razón de cuándo o quién los plantó. Sus orígenes no sabemos, pero todos conocen  lo maravilloso y deslumbrante  que son. Estos árboles permiten cobijo, sombra, inspiración, referencia, juego, recuerdos, lecciones de vida. Pero, también, de sus tallos brotan gruesas ceras rojizas o blancas, a las que llamamos lágrimas e imaginamos que están llorando; llorando de pena por los problemas que sucede.

Cada cierto tiempo  muda su vestuario, con nuevas y verdes hojas.  Mostrando alegría, ternura, simpatía. Expresión de logros y avances de los hijos del pueblo. Sus largas y gruesas  ramas permiten  que las aves de buen y mal agüero, descansen  y aniden en ella. En  tardes de corridas de toro (fiesta de setiembre),  permiten sostener con lazos a bravos y enfurecidos  toros,  a fin de colocarles la divisa. En los días de navidad, al término de la Noche Buena o cuando ha concluido el Atipanacuy,  se cantan, bajo su sombra,  muchas coplas;  una de ellas dice:

“En la puerta de la iglesia
hay dos plantas
que son testigos
de la vida que yo llevo ”

Los huachinos que radican en Chincha, Lima, Huancayo u alguna otra ciudad del país, y  por algún motivo escriben una carta a sus familiares o amigos, no dejan de mencionar en sus escritos los pinos. Lo mismo pasa con quienes viven el extranjero. Además de la belleza y encanto de estos árboles, nuestro padres y abuelos, en las lecciones de vida, que a diario nos inculcaban, nos enseñaron que los pinos tienen un significado mayor; uno de ellos, hospitalidad; el  otro, gratitud.

Cuando un foráneo llega a Huachos, o un familiar retorna después de mucho tiempo, es recibido con mucho cariño. El dueño de casa saca su multicolor caroneta o una manta limpia o nueva e invita a tomar asiento en su banca de madera o en sus poyos de piedra y barro, para luego compartir la deliciosa “pobreza”;  pero, antes de saborear la exquisita papa sancochada o el mote con queso, se brinda con una copa de pisco, un vaso de mistela  o una taza de batido. Aprendemos a compartir lo poco que tenemos.

La gratitud es el símbolo del otro árbol. Desde niños, a nivel individual o como comunidad,  no dejamos de decir  gracias, muchas gracias,  a todos aquellos que nos apoyan o apoyaron en cada uno de los quehaceres o sueños que tenemos. Los huachinos estamos agradecidos con todas las personas  que apoyan y apoyaron  el desarrollo y engrandecimiento de nuestro pequeño pueblo. Guardamos eterna gratitud a quienes comparten nuestras preocupaciones, problemas, alegrías y sueños.

Por todo ello, ahora que está de moda la “modernidad” del cemento y el mal gusto, por favor, no  vaya ocurrírsele, a alguna autoridad, tumbar esos dos enormes pinos. Motivo, compañía e ilusión de nuestros ideales; estarían dando muerte a nuestros recuerdos, a nuestra vida, a nuestro símbolo.

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LA QUEBRADA

Capillas es uno de los distritos  del norte de Castrovirreyna, al igual que  Villa de Arma, Tantará, San Juan, Ahurahuá, Chupamarca,  Huachos. Como muchos de los actuales distritos, Capillas fue un anexo de Huachos.

Capillas  es un pequeño pueblo, olvidado y abandonado por los diferentes gobiernos de turno. Sus autoridades poco o nada hicieron por  formular y encauzar proyectos de desarrollo. No tuvieron la fuerza ni el valor para exigir obras que permitan  mejorar la vida de sus pobladores. Su economía ha dependido siempre de cultivos temporales y de la pequeña ganadería vacuno y caprina.

Sus niños y jóvenes, cuando requerían estudiar,  fueron enviados a las escuelas y colegios de Chincha, Huachos  y Ticrapo. En la Escuela Primaria  559 o en el Colegio San Cristóbal  de Huachos fueron muy bien recibidos; pues, Huachos es un pueblo hospitalario, acogedor, solidario. Huachinos y capillanos compartieron alegría, pobreza y tristeza. Aprendieron en las mismas carpetas, bajo el mismo techo, en los mismos patios. Jugaron y disfrutaron de los mismos juegos.

Nunca hubo celos ni envidias entre los pobladores de estos distritos, hasta que una noche,  a un alcalde capillano se le ocurrió invadir parte de las tierras comunales de los huachinos, ubicados en la margen izquierda del río San Juan. Es decir, a falta de obras y capacidad de gestión, el alcalde no tuvo mejor idea que incentivar la apropiación ilícita de los bienes  del vecino. Del vecino que siempre  los  acogió. Cría curvos…

La desgracia de los pueblos pequeños como capillas, es que no hay dinero para hacer obras, pero si hay fajos de billetes  para comprar conciencias  de ciertas autoridades, contratar abogados, matones. Pero muy pocos saben que el alcalde tiene un interés particular, familiar, que  lo motivó a incentivar a  sus compoblanos a usurpar  tierras ajenas. ¿Cuál es?  Necesita más tierras  para su ganado vacuno. Quiere extender su fundo Huanchochico, por lo tanto necesita apropiarse de Mujecc, Pucarume,  Buenavista y Quilca.

En este juego de apetencias  del alcalde  han caído algunos capillanos, y se encuentran envueltos ciertas autoridades judiciales y  policiales. No creo que  la mayoría de los capillanos avalen lo incorrecto; muy  a pesar que con su silencio  vienen siendo cómplices de lo absurdo.

En este pleito de mentiras y falsos documentos, los capillanos están desesperados, no sólo porque están perdiendo  la acción legal emprendida por los huachinos, sino porque sus menores hijos, aprendieron  en sus escuelas,  las últimas semanas, a que mentir y coger lo ajeno es malo. Cuando un niño capillano pregunta a su padre: “¿Por qué se ausenta de casa?” El padre  le  responde: “Estoy cuidando unos terrenos en la quebrada”. Y el niño le replica: “¿Por qué cuida  esos terrenos, si son de los huachinos?”.  Ahí empieza  el silencio  y la impotencia del capillano, de decirle la verdad a su hijo: LAS TIERRAS DE LA QUEBRADA SON DE LOS HUACHINOS. No hables fuerte pueden escucharte  que estamos agarrando cosas ajenas.

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« Retorno al pueblo »

En el paradero, La Cruz o el Jorge Chuto,  como le dicen ahora,  nos embarcamos con la familia en un pequeño bus. Mediados de mayo, la neblina y el frío van acentuándose en Chincha.  Los camiones mixtos de siempre siguen circulando, hoy no suben, les toca “bajar”. Ricardo, mi sobrino, pliega sus manos y eleva una oración. Se observa un intento de capa asfáltica hasta el desvío de Larán, de ahí para adelante todo es afirmado. Cruzando la acequia, la Pampa de Ñoco está bordeada de canteras. En uno de los espacios libres  están colocando los tubos  para el traslado del gas de Camisea  hacia las Pampas de Melchorita. Un sol fuerte empieza a acompañarnos.  El ascenso y descenso de la Culebrilla es más calmada, menos riesgosa y de mayor amplitud que antaño; un polvillo envuelve al bus.

Con el aire de siempre nos cruzamos, en Alloque,  con los buses y camiones que cargados de  animales, quesos y abundante polvo vienen de los distintos pueblos del norte de Castrovirreyna, Pasando el puente de Huachinga nos detenemos para comprar, casi el vuelo, atados de pacay  y algunas grandas. El sabor y la textura de los últimos frutos de verano son notorios.

El peso de los años,  la pobreza, el humo y el polvo de la carretera como que inclinan las casas de carrizo en toda la Quebrada. En Marcas, donde los rastrojos indican que hace poco fue la cosecha de maíz,  hay algunas casas nuevas de adobe. Las claras y desbordantes aguas de las acequias permiten que decenas de felices patos se bañen en ellas.  El descenso hacia el sanjo y la canaleta con agujeros por todos lados ya no están en Mosquituyocc. Frente a Yanapampa, en la laja, el bus besa con mayor temor el abismo.  En Quilca, tres o cuatro policías de rostros   cansados  y aburridos dejan  pasar  con sus miradas perdidas el bus. Gramas, piedras y malas hierbas ahogan el escaso alfalfar del cerco Combate.  De los inmensos árboles de chirimoya  y la casa comunal de Buenavista, quedan apenas algunas huellas.

Los chaucatos han suspendido sus cantos porque los frescos, dulces y abundantes guayabos y  naranjos  sólo son frutos del recuerdo en Pucarume.  Nostalgia y rabia nos embarga;  nostalgia,  porque por algunos años vivimos en aquel  fundo, incluso pudimos divisar  los restos de casa donde nació Eduard; tiempos aquellos donde la tarde eran interminables partidos de futbol  en Huancho, o días de crecida del río cuando  recogíamos  camarones de enormes tijeras, pero también de  temores porque detrás de cada pirca o debajo de las ramas secas se dejaba escuchar el silbido de las víboras. Rabia,  al ver que los terrenos comunales  que nuestros abuelos y padres nos dejaran en herencia (Buenavista, Pucarume y Mujecc) han sido invadidos por extraños.  Terrenos de siembra, cosecha, alegría, ahora están cargados de tensión, enfrentamiento y muerte.

Cuando el día empieza a perder su color, llegamos a Echocan. Cenamos en lo que fue el Restaurante de “Pato”;  la misma sopa y guiso de todas las noches.  La oscuridad no permite visualizar al frente, aquella carretera  inconclusa en cuyo recorrido murió Olga Saldaña Cárdenas,  cuando la traían de emergencia hacía  Chincha, aquel doce de setiembre.  A partir de Palca y pasando Joyo la carretera  va estrechándose; la movilidad más que correr parece que  va meciéndose;  doblando las curvas de Peve, la fuerza y el movimiento de las luces hace como que las hojas de las acaras, movidas por  viento saludaran,  a los pasajeros. Campanario, Colcha,  Cconocorán, y llegamos a Huachos. A la entrada,  un arco de concreto, el mismo arco de muchos pueblos, da la bienvenida. Cuadras más allá  el busto del policía  Olmedo orienta el tránsito por la única vía de ingreso. El bus se detiene en uno de los extremos de la plaza, frente a la casa de los Barrios. Esperando como todas las noches,  ahí están, los muchachos,  aguardando las buenas nuevas. En un extremo de la plaza,  Chalaco Soldevilla y Andrés Salvatierra, platican, mirando quienes descienden del bus; Raúl Reymundo  con su parada indecisa, disfruta de su soledad. 

Llegamos a casa. Cuánto tiempo cerrada, con candado y nos  sorprende  que no hayan cortado el fluido eléctrico. Encontramos lo que ya imaginábamos: rajaduras y desprendimientos de algunas partes del segundo piso, producto del último sismo que afectó el sur chico.  El sueño no llega  porque el frío y los recuerdos entretienen  las horas,  además del sonido de los catres de metal, que ya habíamos olvidado; cuando quiere tomar fuerza, los primeros cantos del gallo anuncian que ya es de madrugada. Mi sobrino, en su  primera noche en un pueblo andino,  despierta al segundo canto, y sorprendido  dice: “Tío, creo que ese gallo está diciendo: Ricarditooooooo”. Cuando el sol todavía está por Cacrillo, nos levantamos apurados para saludar a familiares y amigos. Huachos en estos meses  es verde y amarillo por donde se le mire. Los árboles, arbustos y pastizales están en su máximo esplendor. La falda de Merendana es un manto  amarillo porque el suncho y la mostaza han madurado. 

Buscamos a todos, a muy pocos encontramos. Preguntas sin respuestas,  tristeza, lágrimas forzadamente contenidas. Tropezamos con caras nuevas, miradas desconfiadas, pasos no conocidos, risas poco familiares.  En el recorrido, en una de las esquinas  aparece Mario de los  Ríos;  invito, a fin de espantar el fío,   “cortar la mañana”,  Mario  dice que le disculpe que su religión no le permite. Metros más allá tropezamos con Dalmacio Reymundo, el saludo cariñoso, familiar, la misma invitación; no puede, es evangélico. Caminamos dándole fuerza y valor al cuerpo porque el frío previo a la llegada del sol es mayor. La helada no sólo quiebra las plantas, esta mañana intenta tumbarnos. Antes de llegar a Lucma, sale de su casa José Chávez, preguntamos por sus hijos, los buenos amigos de infancia; sigo con el deseo de “cortar la mañana”, y don José me responde con algo de incomodidad que le disculpe,   ahora ya no toma porque pertenece a otra iglesia.  Desisto de las  intenciones de beber un trago huachino,  regreso  a casa, porque no tengo con quien “cortar” la mañana, estoy cerca,  cuando me encuentro con Daniel Dávalos, le ofrezco me permita compartir el primer alimento de la mañana; se molesta, levanta la voz, y  me lanza una ensalada de ajos y cebollas, me dice que él no quiere comida, desea tomar un par de copas de pisco.

En la pensión de Piedad Delgado, el desayuno es un lleno de papas sancochada con marmaquilla, queso, cancha  y agua de culén. Panes, galletas y mantequilla, sobraron. Desde luego que previo a todo fueron un par de copas, perdón, vasos de mistela que hasta ahora me tienen un poco mareado. Con el sol ya quemante, nuestro primer recorrido, por doble motivo,  fue hacia Cruzpata. Primero, porque en  una de las casas que todavía resiste al tiempo, llegué a ser poblador de este mundo.  Segundo, ahí, en el  cementerio,  descansan los restos de abuelos, padres, tíos, primos, hermanos,  parientes y amigos.En el recorrido notamos que Manzanapata ha dejado de ser un extenso terreno, gran parte está deslizándose  hacia Huancarume y Pacuri, por fallas geológicas. Hay preocupación de  los pobladores.

Fuimos por el camino antiguo, bastante abandonado, casi intransitable, saturado de arbustos. Nuestra primera parada fue en la chacra  de los nísperos, no había muchos maduros, pero sí lo suficiente para saciar curiosidad, dulzura y recuerdos;   Diana Luz Helena, mi menor hija, al fin pudo conocer y disfrutar del árbol familiar. Bordeando las chacras y caminando entre las pircas,  llegamos  a la casa huerto.  El patio es una montaña de hierbas. Antes que la nostalgia embargue descendimos hacia el huerto, recogimos nogal y tumbos, logré encontrar algunas plantas de achangaray que la familia masticó con curiosidad  y algo de resistencia porque el tallo es bastante  ácido. La compañía de la tía Lía Patiño, esta vez  fue más oportuna y necesaria que nunca; batió un record de caminata, explicaciones y entusiasmo. Caminamos hacia el mirador o La Cruz;  no encontramos el madero verde  ni su eterno paño blanco jugando con el viento. Las chacras de Tambillo, Chapaca  y Teneria al fondo, han dejado de ser alfalfares para convertirse en  grandes espacios de grama.  Llegamos al cementerio. El eterno  portón de madera ha sido sustituido por una de rejas metálicas.  Es notorio el nerviosismo de Rosa cuando se acerca a la tumba de nuestra madre. Lágrimas, recuerdos y búsqueda del rosal que ya no  acompaña el nicho. Recorremos la tumba de algunos familiares, amigos y conocidos; encendimos las ceras  y con mucha pena nos retiramos.

Subimos por un descuidado camino; un pequeño y estrecho escalón de cemento da acceso a la carretera. El busto del policía Olmedo está con la mirada al  pueblo pero dando la nuca al visitante. Pasamos por el Centro de Salud y enrumbamos hacia el colegio San Cristóbal. Es viernes y  han suspendido clases porque hay reunión de padres de familia. Los pequeños y débiles cipreses de nuestra vida escolar   son ahora inmensos, gruesos y coposos  árboles. En el campo pedregoso, detrás de la Dirección, donde las horas libres se hacían útiles con la pelota, hay aulas muy bien edificadas. El pabellón de adobe y  techo de calamina que acogió nuestras inquietudes de adolescentes,  son  ahora depósito o  comedor, según nos indicaron unas niñas que practican volibol en el  patio principal.  Saliendo por Higoscalle, aprovechamos para subir a la escuela de mujeres, instituciçon que fue gestionada, construida en parte y muy bien conllevada por la maestra Zuñilda Patiño  Cárdenas de Mendoza. Debajo de la acequia, el huerto de doña Bea de Huayamares como que invita a coger los sazonados frutos. La fuerza del agua del canal se lleva apresurada la chompa  que por casualidad deja caer Luz Helana. La vitalidad agrícola de Huacapampa sigue como en los buenos tiempos; al fondo se mantiene en pie, todavía, Luzhuasi. Una canaleta de cemento ha reemplazado la acequia de ortigas y chisagas. Caminamos un trecho y descendemos por el camino que viene de Cuchicancha y llega al pueblo entre la casa-huerto de los Quiroz y la casa de Basilio  Velazco.  Los tíos Grocio y Segundino (Sego) de los Ríos nos reciben con  alegría, paciencia y tranquilidad de siempre.  El tío Sego  comenta y muestra sus últimos trabajos poéticos;  ofrecimos publicar.

Hay poco tránsito por las calles, lo que más resaltan de las casas son sus puertas cerradas. Huachos es hoy un pueblo de candados.  Comento a mis acompañantes quiénes y a qué se dedicaron los que vivían en las hoy cerradas y olvidadas casas, cuyos balcones son muy bien visitadas por los urungos.  Llegamos a la altura de la grada. Muestra lo que fueron las tiendas de la mamá Apolonia y la tía Cruz, establecimientos de mayor momento económico durante muchas décadas. Explico a  la familia que los enormes pinos en los extremos del atrio del templo católico, fueron siempre motivo de inspiración y recuerdo de todo huachino;  sombra y juego para los niños; y, en setiembre,  lugar dónde se sujetaba a los toros para colocarles las divisas. Mi esposa interrumpe la explicación y  aclara que esos enormes árboles no son pinos,  sino araucaria araucana, árboles  posiblemente traídos por los chilenos durante la guerra. 

A la distancia se nota ajetreo en el municipio. Cruzamos la plaza y la escultura de cuatro batracios expulsan agua a la pileta central. ¿En homenaje a quién se habrá puesto estos batracios? Ingresamos al local municiapl. Un mismo ambiente comparte funcionarios municipales y un juez no letrado. Hay un aparente  orden en medio del desorden de los muebles y documentos. Informan que el alcalde ha viajado a Huancavelica y luego irá a la capital de la república ha realizar trámites que acojan la voluntad y el buen humor, de la  burocracia capitalina. El juez que viene una vez al mes desde Tantará, tiene cara de poca justicia y mucho arreglo; los demandantes aguardan turno, cargados de impaciencia y mortificación. El gapchi y el caldo de gallina que Piedad nos invita en el almuerzo acentúa recuerdos de las buenas épocas y la agradable comida huachina; además, la anfitriona brinda un detallado  y amplio recuento de  familias, fiestas  y serenatas.

El río es destino aquella tarde. El prolongado camino es un descenso irreconocible,  abandonado  como todos los caminos, pareciera que nadie los transita. El puente colgante de Chacapatán  ya no invita a cruzarlo, se le ve débil, inclinado y poco resistible.  Las pozas de los chapaleos, gritos y demostraciones de resistencia ya no están, se fueron cuando dejamos de visitarlos; las melcochas hoy no endulzan el paseo; la temida y casi oculta poza del encanto, es hoy una descubierta e insignificante poza más, y, para mayores penas, tampoco está la enorme piedra con sus hoyos, que servían de lavatorios naturales, para que nuestras madres laven y enjuaguen la abundante ropa, preferentemente frazadas,  que llevaban cada semana.  Con el atardecer, por los distintos caminos  van llegando, cansados pero alegres, casi encorvados,   con sus infaltables sombreros, atado de leña a la espalda, el queso y el perro guardián, uno tras otro, quienes en el día estuvieron en sus quehaceres agrícola o ganadero.

Las noches de poncho color nogal, chalina, serenata, calaientito,  balcones y huaynos románticos, han sido reemplazadas por noches frías, luz eléctrica, chichas y perreo. Al día siguiente, casi a medio día,  a sugerencia de los amigos enrumbamos hacia Tinco para reencontrarnos con el río y sus pozas de la infancia. Tumbos y láncar cuelgan sus frutos al borde de la carretera. El camino delgado, lleno de arbustos, entre la acequia y el precipicio,  es hoy  una carretera que conduce a Huajintay, Pichuta y Capillas. Encima del puente hay une mediana poza. Mi sobrino Ricardo Mateo  apura y se sumerge sin temor alguno en las frías aguas de mayo y permanece por buen rato sin salir de ella. Luz Helena busca mil pretextos y demora  para no ingresar. Rosa, la charango, inquieta como siempre, va en busca de unos petroglifos que dicen hay en una de las  piedras grandes río arriba; no logra ubicar  el labrado  de figuras.

Retándome y para demostrar que también quiere a mi pueblo, Magda, mi esposa,  ingresa a la poza y se pone a nadar. La alegría familiar va en aumento. Al levantar la mirada, el paisaje mantiene su extenso manto verde con oleajes amarillos, cargado de frutos, indicándonos que siempre debemos retornar a nuestro querido Huachos. Junio, 2008

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"Huachos: Sonidos, luces y coloridos"

Acelerada emoción conforme vamos acercándonos al pueblo, nerviosismo incontenible. Con mirada fija y penetrante el chofer maneja enderezando curvas y desafiando abismos para llegar lo más temprano posible. En la subida de culebrilla, territorio de guanacos y cazadores, el motor enronquece mas de la cuenta; en la bajada es un suspenso de frenos y frenadas. Conforme vamos subiendo hay percepción de recorrer una tierra rojiza, dura y seca, donde los pequeños cerros como que se acercan y se alejan de la movilidad; y, de bajada la tierra es suelta, blanquecina, con cerros altos y orientado al ri­o, hasta aquella forzada curva a la altura del restaurant especializado en camarones.

Partimos en una de las últimas movilidades. La Cruz, el terminal, es un ajetreo de encargos, encomiendas y recomendaciones; una confusión de maletas, costalillos, maletines y bolsones. Caridad Cárdenas, Victori­a Quispe y Zoila Quiroz “La Peruanita” hacen su agosto a inicios de setiembre; panes, plátanos, gaseosas, velas y cirios complementan las encomiendas. Nos embarcamos en uno de uno de los camiones mixtos, a pesar que el pasaje vale igual que en los buses. Volver a experimentar las tensiones y suspensos de viajes anteriores. Ahí estábamos, tragando polvo, agachándonos para no ser golpeados por las ramas, pero también felices de apreciar en su verdadera dimensión la quebrada que riega el ri­o San Juan. Y como para ir alegrándonos mas, de trecho en trecho, sin que el vehí­culo se detenga, un atrevido pasajero prende y arroja cohetes que explosionan el cielo.

Bordeando Alloque, pasando Huachinga y llegando a Marcas, percibimos que la epoca de cosecha está en su fase final; los cercos de maí­z amarillo y otros sembrí­os, como tomate, están casi en rastrojo. El cultivo permanente, la alfa-alfa, que mantiene la vida ganadera, muestra un franco abandono; la grama lo ahoga y bloquea. Pasando la prolongada curva de Huancor, nos cruzamos con un bus lleno de pasajeros; retornan los que viajaron para el di­a de la Virgen. En el apuro del viaje divisamos a Diana, Rosana y Deysi Maizondo; además de Rosva Cárdenas y Gloria Quiroz; están sin fuerzas, somnolientas y agotadas; notoria la pena de no haberse quedado a bailar el toro-toro. Las aguas limpias del río San Juan, además de regar los sembrí­os, saciar la sed del campesino y regar la campiña chinchana, sirve para hospedar a inmensos camarones que luego serán cazados en isangas y servidos en la picantería de Perico Patiño; los camaroneros van río arriba, por la orilla, metiendo la mano debajo de las piedras para ver si cogen uno de inmensa tijera.

Cruzamos el fundo de Mosquitoyocc y luego bordeamos la abandonada, seca y árida Pampas de las Petacas; víboras y lagartijas lo han abandonado. Llegamos a Laja de Yanapampa; hay un notorio ensanchamiento de la carretera, posiblemente no lo amplio que todos deseamos, pero menos peligroso que antaño. La maldad de los invasores se inicia pasando Pocolay. En Quilca la grama esta ganándole la pelea a los alfalfares; en Buenvavista, Pucarume y Mujecc la rapiña y la apropiación ilícitaa es un tumor que hasta ahora no podemos extirparlo. Pero no todo es lamento, hay cambios; en Quilca, ya hay fluido electrico y esta en la fase final la construcción de un Centro de Salud.

El atardecer nos va ganando mientras recorremos Huancho, Huayunquilla, Echocan y llegamos a Palca; Agripino Astorayme desde la puerta de su casa-restaurant hace señas para que el camion se detenga, alcanza una encomienda y levanta la mano en señal de deseos buen viaje. En Joyo suben par de pasajeros que se acomodan casi al vuelo. El puente de Ñahuis como que asusta al chofer quien cruza lentamente y termina acelerando en exceso. Tarapucro, Peve, Colcha, Campanario, Cconocoran y llegamos. Conforme ingresamos se percibe con mayor nitidez el show de las bandas Filarmónica Sunicancha y Santa Luci­a de Chincha. La plaza y el atrio del templo es una competencia de huaynos, toriles y cumbias andinas.

Casi arrojándonos bajamos del camión; Raúl Mendoza recepciona el maletín. Saludamos a primos y conocidos. Encuentros y reencuentros; fuerte y calido abrazo reafirma la amistad con los amigos de siempre. Apresurados vamos a la casa que a pesar del tiempo transcurrido conserva el calor eterno, buscamos llaves que no llevamos; no queda mas que romper el inmenso candado. El crujir de la madera acentúa los recuerdos; pareciera que todo sigue igual, pero no hay el bullicio de antaño, muy a pesar que siguen en pie el ropero, la mesa y la cama con su parrilla de alambre; salimos al balcón y ahí­ están las barandas con sus retorcidas formas. Acomodamos lo poco que llevamos. Desdoblamos el viejo colchón, de mucha utilidad en estos días. Con una mirada fugaz paseamos por las otras habitaciones, el humor y el silencio es la misma en todas ellas, solo hay diferencias en las rajaduras y desprendimientos ocasionados por el sismo del año anterior. Las estrechas y pequeñas puertas como que incomoda el transito entre uno y otro de los dormitorios.

Antes que los recuerdos crezca en demasía, salimos apresurados enrumbando apuro hacia la plaza y de ahí­ al atrio del templo; en la fiesta, estamos todos, bailando, tomando y gozando con los mayordomos, promesantes y visitantes. Hay buena música, harto calientito, abundante alegría y un zapateo interminable. En el otro extremo de la plaza, en el frontis del local municipal han levantado un estrado, los escolares del colegio San Cristóbal presentan diversas danzas y estampas costumbristas; se nota una forzada actuación, poco publico, voz chillona del maestro de ceremonia, aplausos desganados, apuro en los actores; y, no continuo enumerando, para no desanimar mas a los desanimados jóvenes, que seguramente a estas alturas de la noche desean estar con sus familiares que han llegado o bailando con la banda. En aquel espacio de desanimo hay voces animadas que convocan, invocan y resaltan las costumbres del pueblo; Norman Trinidad, Manuel Alonzo y José Soldevilla turnan sus voces de maestros de ceremonia; Nore Quiroz con una enorme cámara filma el movimiento rítmico de los actores. El cierre de la primera parte del espectáculo es son voces ya consagradas, artistas que han recorrido otros espacios, preocupados por presentar un trabajo bastante elaborado; la voz y el sentimiento de Aldo Valenzuela, Luz Huaman y Pablo Gálvez endulza los corazones, anima el romance y envuelve de ilusiones.

Una amable señora se acerca tetera en mano y sirve a todos un agradable trago. Se siente clavo de olor, canela, limón, azúcar y pisco; es el calientito huachino. Mientras va sirviendo, la señora invita a que vayamos a la casa del Mayordomo, han preparado ¡abundante comida! Elevando el tono de voz, como para hacerse escuchar por todos, en un extremo de la plaza, discuten tres buenos conocedores (Okey, Aype y Wanka) de la variedad de tragos que por estas épocas circulan casi clandestinamente en algunos puestos y tiendas; las etiquetas dicen ser pisco, la botella es conocida pero el contenido pocos adivina.

Metros mas allá están los galleros, es un ruedo amplio. Emocionado y queriendo abrigar la noche, Ernesto Grimaldi, el hijo del Serrano Grimaldi, se anima a invitar un mosto verde producido en su bodega allá en Sunampe; Sami Cárdenas, su cuñado, hace bromas a uno de los expertos galleros. Ernesto es bastante conocido por estos lares, ha tomado la posta de su padre quien durante muchos años consecutivos asistía a esta fiesta, al igual que Pato del Priego. En verdad no eran los únicos, en estas fechas Chincha se queda casi vacía porque los chinchanos quieren y adoran Huachos, se sienten como en su casa, son tratados con mucho aprecio, son atendidos como se merecen; además, la fiesta de San Cristóbal es la celebración mas importante y difundida de todos los pueblos de la sierra ubicados en la cabecera de la costa central.

Tios, primos, abuelos y sobrinos ocupan gran espacio del atrio. La afinidad de los grupos de baile es la familia; forman un inmenso ci­rculo, en cuyo interior, Floriza Canales y Claudio Ascona, bailan como si recién esta noche iniciaran su romance. Abel Peña, protegido por la sombra de uno de los pinos explica a una desorientada dama el desarrollo de la fiesta. Ilfe Gálvez busca la pareja que muchas promesas le hizo durante el viaje, mortificado cree que conoció otro pasajero. Sorel, Octavio y Alfonso Dávalos solicitan mas calientito para darle brío al baile. Los hermanos Pablo y Amanda Mansilla, disfrutan incontrolablemente, conjuntamente con otros familiares; reconocen que esta es mejor fiesta que la de Villa de Arma, Tantara y toda la zona de Castrovirreyna, que también son buenas fiestas; tienen toda la razón, cuando dicen que aquí se goza mas. Uno de los toriles nos une a su grupo y entre baile y baile terminamos saltando, cantando y bailando con Max Castro que hace una magnifica presentación en el otro extremo de la plaza. Tanto habrá cantado que hasta ahora las letras de Casualidad, Amor amor y Profesorita me siguen persiguiendo.

Casi al extremo de la plaza, Rosa Soldevilla Saldaña, Flor de Mari­a Patiño, (Pocha) y Nadia, zapatean como alquiladas, parecieran querer destrozar su zapato recién comprado; sus parejas sorprendidos de tanta energía. Se nota un deseo de recobrar los años no bailados, jaranearse por el tiempo no disfrutado, zapatear por los silencios olvidados, celebrar porque la vida tiene muchas oportunidades. Diana Luz Helena, huancaína, residente en Lima, entiende poco en sus once abriles, pero disfruta mucho de todo el hermoso paisaje y, comenta a sus primas que ella es la dueña de la planta de nísperos en Cruzpata.

Max Castro y la música ayacuchana enloquece. Cantando y bailando pasamos de Pequeña mia a Por que te fuiste y terminamos en Tu amor no vale nada; y, a tanta exigencia rematamos con un popurri de carnavales. Un grupo de chiquillas que desde el inicio están cerca al estrado deliran de emoción. Una no muy joven dama, desconocida hasta entonces, que ha viajado especialmente a escuchar a su ídolo, agitando su chompa, pide a gritos ¡Maaaax hazme un hijo!. La música no se detiene, Max pide que dos damas suban para acompañarlo en una saya boliviana; suben muchas, hay un descontrol de besos y abrazos; controlada la euforia, Norman Trinidad organiza que suban una por una, como escolares, a tomarse una foto con el artista; muchas cámaras no funcionan.

El encendido de los castillos que compiten en tamaño, luces y color, anuncian que son las doce de la noche, hora de la serenata; del castillo de ocho cuerpos vuela la corona a la inmensidad y queda iluminada la imagen del Santo Patrón. Los promesantes, al pie de sus castillos, comparten alegri­a y refrescan el cumplimiento de su ofrecimiento con cajas de cerveza. El festival de las luces ingresa a su segunda fase cuando las vacas locas corren de uno a otro extremo, arrojan sus bombardas y cohetes, vuelven una y otra vez, asustando y generando al mismo tiempo risas y comentarios; la plaza es un polvorín de emociones y pólvora.

Durante toda la noche, entre el atrio y la plaza, al compás de bandas y orquestas, están todos; zapateando y gozando; bebiendo y charlando. Roger Quiroz confunde pasos, Orlando Dávalos busca su pareja y José Soldevilla Canales, altera el ritmo por prestar atención a una damita de buenas formas. Un Congresista de la Republica acompañado de una agraciada, guapa y joven dama baila con el mayor empeño posible; la dama cuelga sus emociones y deseos en los brazos del Padre de la Patria. Lucho Flores, Daniel Arana, Grocio del Río y Noel Sánchez, son atentos espectadores, sin ningún apuro y mucha serenidad disfrutan sus cervezas mientras van rememorando los encuentros futbolísticos entre los clubs Social, UJH y Atlético. Nora Suárez y Gricelda Cárdenas zapatean como en los buenos tiempos.

El deseo de todos y logros de muchos es disfrutar con las bandas. Pero, no se si para mostrar una variedad o complacer a quienes gustan de otras musicas, casi al final actúa una orquesta que toca cumbias, salsa y una que otra chicha. Posiblemente la orquesta sea buena, solo que esta noche no tiene gran aceptación. El alboroto tiene pequeños suspensos cuando por la grada descienden varias personas con sus baldes de ponche de ajonjolí­ y maní­ que reparten a todos los presentes. A estas horas la energía llega a su máximo tope. Todavía hay fuerza, alegría y desborde cuando la claridad del di­a invade la fiesta. Cohetones, bombardas y repiques de campanas anuncian que estamos en el
di­a principal, once de setiembre.

La fiesta dura una semana, del siete al trece. En la actualidad, muchos lo llaman la fiesta del once; sin embargo, nuestros abuelos, lo conocían como la fiesta del ocho. En realidad se trata de la celebración de dos Santos en días diferentes; el ocho, corresponde a la Virgen de Natividad; y, el once, a San Cristóbal; en otras épocas el día mas importante era el ocho; y, como en muchos pueblo andinos hubo un cambio del di­a principal y de la santidad mas importante. Este año, no se si todos los anteriores también, el inicio del día once tiene diferentes horarios, según el tiempo de descanso. Unos arrancan al alba en el atrio del templo bailando con la Banda Santa Lucia y brindando con la mistela y el calientito; otros, recién despiertan para la misa, se bañan casi como peleados con el agua, todo mal peinados y apresurados aparecen con su cirio en la mano e ingresan al templo a tropezones; y, aquellos, por no decir la mayoría, se aparecen elegantes, bien bañados para la procesión.

Mientras la misa se desarrolla, afuera, en el atrio, no faltan grupos que balanceando su cuerpo y casi agotados continúan con los tragos, la conversación y el cuerpo de la víspera. Al párroco se le nota mortificado y en gran parte de la homilía censura a quienes no saben beber cristianamente. La misa ha concluido, los fieles abandonan ceremoniosamente el templo y se tropiezan con un riego de cerveza y botellas rotas desperdigas por el atrio; amen, metros mas allá, en la plaza hay un desorden e imagen de basural por las caídas de los castillos no recogidos.

A pesar de las incomodidades, se nota una profunda devoción. Es un día de sol radiante, cielo azul salpicado de algunos algodones. La procesión de los Santos Patrones inicia poco mas allá del medio día e imponente hacen un recorrido por el perímetro de la plaza. Cirios enormes y de variados colores encienden la pasión y fe. Se mantiene la voz de un grupo pequeño, en su mayoría damas que con cánticos van acompañando. Algunos fieles todavía mantienen la costumbre de protegerse del sol conteniendo su sombrero de medio lado. Las bandas de músicos turnan sus melodías. El sacerdote en cada una de las esquina da sus bendiciones. Los colores de la vestimenta y los adornos del anda son inconfundibles, de rojo San Cristóbal y rosado la Virgen Natividad. No son las únicas procesiones. Tras de los Santos Patrones van cuatro policías cargando un pequeño y sin la pomposidad con que se acostumbra, el trono de Santa Rosa de Lima; el jefe del puesto policial con una seriedad nada serena acompaña a la patrona de la policía.

Antes de ingresar, ambas andas son colocadas una al costado del otro, para la bendición y para que los fieles se puedan tomar las fotografías que grafiquen el recuerdo de la fe, mientras tanto, un parlamentario y el alcalde provincial aprovechan para lanzar una lista de promesas que pocos escuchan y todos olvidan. No se si percibí mal, pero ví que mientras todos dejan encendidos en el templo su cirio, dos señoras mayores, primas hermanas, retornan a sus casas, cada una con su cirio en la mano sin encender. Todavía no ha terminado la ceremonia religiosa, cuando se inicia un bullicio en uno de los extremos de la plaza; aquellos que nunca faltan en estas hermosas fiestas malogran la tarde arrojando a la pileta a cuanta persona mareada se acerque a ellos. Lia Patiño, sola, recostada en la baranda, frente a lo que fue la tienda de la mama Apo, aprecia el sube y baja de las personas que transitan por la grada central. Madeny Trinidad exhibe belleza y luce su frondosa cabellera. Elvis Patiño, Quito Ruiz y Grimaldo Maizondo mojan la tarde, en plena grada, con una caja de cerveza. Modesto Canales, Rivas y Andrés Salvatierra recuerdan sus juveniles tiempos de trabajo, sacrificio, esfuerzo y travesuras por tierras huancas. Raúl del Río pasea acompañado de una bella y guapa dama. Alejandro de los Ríos, Chino Ale, suelta par de bromas, aligera el cuerpo y deja que su saco se acomode sobre su delgado cuerpo.

Contagiados de la sed ajena, el calor interno y los buenos recuerdos, aceleramos los pasos y pedimos un helado de leche, helados huachinos, elaborados artesanalmente con hielo traído de las alturas. Mientras va sirviéndonos, el vendedor, nuestro amigo Felix Beltozar, anuncia que el mejoral es de leche de vaca no de cabra. Modesto Quispe, un poco mareado, con un rollo de soga bajo el brazo, se acerca a saludarnos y bromeando dice que ha escapado de su casa. Jorge Manrique pide otro vaso y aclara que faltan los helados de canela. Los dos vasos del sabroso y agradable helado que tomamos es muy poco para calmar la sed y enfrentar la calor; las cervezas llaman; Darío Huaman alcanza un par de cuzqueñas que parecen recién sacadas de una congeladora; Gerardo Soldevilla y sus anécdotas acompaña a los sedientos. La maestra Hipólita Cárdenas, con una estampa del Santo Patrón en la mano y pausado caminar se dirige a su casa; interrumpimos su recorrido y con mucha alegría saludamos a la maestra del Jardín de la Infancia y de toda una vida.

Visitantes, conocidos y familiares se dirigen a la casa del mayordomo a saborear la tradicional pachamanca; la dulce y macerada mistela, agrada el paladar y refresca la garganta. La tarde es un encuentro, en plena plaza, de gallos y galleros. Corren las apuestas, ajustan las navajas, aflojan los billetes y el combate es interminable. Los galleros representan a diferentes galpones; el ganador será el favorito en la fiesta de octubre en Chincha. Hay alma de tradición; el semillero del Serrano Grimaldi es un mundo gallístico con su hijo Ernesto en Huachos.

Ciro Patiño y su esposa apadrinan un matrimonio, cuya pareja a su vez, bautizan a sus niños. La fiesta es sencilla pero de gran calor familiar y unión de las familias Rivas y Ruiz. El cronista de esta nota hace las veces de maestro de ceremonia. Algunos gustan recorrer las calles, están en un ir y venir; caminan como buscando sus pasos dejados hace muchos años. Sobre sus hombros pasean enormes grabadores y a todo volumen tocan su música andina, preferentemente las recién grabaciones de las bandas; los chiquillos se afanan en exhibir sus MP3, MP4 y otras objetos que tocan músicas ajenas. No faltan quienes se desplazan con su celular en la mano y están inseparables al móvil, muy a pesar que en esta zona no hay línea para este tipo de aparatos.

Con el anochecer se inicia el toro-toro. Las bandas de músicos recorren las calles acelerando las energías de los bailantes. Adultos y jóvenes bailan ruedos que forman olas de entusiasmo y energía sazonado por empujones, golpes y cabes. Enma Sánchez con su alegría, silbido y guapeado de siempre jalonea a uno de los grupos. En el ir y venir de los bailarines las botellas de quemadito disputan espacios y bebedores con las cajas de cerveza. Consuelo Chalco, Nelfa Arellano y Gloria Medina celebran el ritmo acelerado de sus parejas. El toro-toro es la celebración y anuncio de las corridas de toro, pero tambien es la celebración del amor, del coqueteo, del encuentro con una nueva pareja. Chilo y Rolando Soldevilla buscan la pareja que el año pasado les ofrecía lo que siempre esperaron y nunca consiguieron. En la oscuridad de la noche la fiesta es una luz de alegría, emoción y desborde en Jenny del Ri­o, Alcira Soldevilla y Betty Barrios. El desordenado estacionamiento de los camiones, buses y camionetas es un estorbo que en gran parte del recorrido incomodan el baile mas popular de toda la fiesta.

El doce se inicia cuando Guivin solicita un Chirimanchi y comparte la media botella de quemadito con su cuñado Aníbal Velazco; Salomón Soldevilla atestigua la buena conversación del los cuñados. Es el penúltimo día de la fiesta. Muchos alistan retorno a la costa a pesar que la fiesta todavía continua; algunos ya viajaron el once luego de la misa. La fila de buses estacionados en la plaza acelera los preparativos. Dora Peña invita par de calientes y agradables tamales. Un vaso de mistela en la tienda de Beatriz Dávalos despide nuestros recuerdos.

En estos dí­as no todo es festivo. Hay acciones dignas de resaltar. La campaña de salud realizada por el Dr. José Soldevilla Canales, en bien de la población es un buen ejemplo a seguir. La campaña de reconstrucción y techado del templo, emprendida por Aní­bal Velazco Marticorena, es otra acción digna que requiere mayor apoyo para concluir. Cansado y agotador es el retorno. Papa, choclos y quesos son parte de la encomienda, pero lo que más cuidamos es la botella de mistela que llevamos. En curvas cerradas el bus tiene problemas. El último lugar donde se detiene y pisamos nuestras tierras es Marcas; la calor sofoca, molesta y abruma la paciencia. Con una mano se come humitas que una sonriente y chaposa chiquilla ofrece; y, con la otra, se espanta la nube de mosquitos. Contentos y felices de haber estado en la fiesta de Huachos, fiesta del pueblo, luego de veinte años, me atrevo a describirlo mientras tomo la ultima copa de mistela, pensando todaví­a que la fiesta continuará con su corrida de toros, misa y procesión de bendiciones y la música de los huaynos que en los últimos dias es menos alegre, pero mas melancólico y romántico. A estas horas ya el nuevo Mayordomo, la familia Llancari, debe estar firmando su compromiso para pasar cargo el próximo año. Termino, justo ahora que los enormes candados empiezan a sellar las puertas hasta el próximo año.
Setiembre, 2008

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CARNAVAL HUACHINO

Cantando y bailando, silbando, bailando y cantando, recorremos calles hasta llegar con el viento, con el aire a la plaza.

Los casados a sus casas, los solteros a la calle.

La lluvia y la neblina se han espantado por estos días. Niños y jóvenes aprovechan para jugar con agua y ortiga. Jaime Patiño, Róger Quiroz, Pepe Llancari, Ronald del Ri­o y Edgar Soldevilla provistos de globos, chisguetes y baldes con agua mojan inocencia y suspiros de Consuelo Chalco, Matilde Medina, Iris Quiroz, Lucy Guevara y Reyde Flores. Agua! ¡Agua!

Con la complicidad de las mamás, desde temprano, casi al amanecer, cuando el sol todavía no ha calentado, inquietas muchachas con manojos de ortiga golpean piernas y espaldas de sus jóvenes pretendientes o amigos, hasta sacar rojizas ronchas. Gricelda Cárdenas, Nora Suárez y Piedad Delgado llenan de ortiga el cuerpo y la cama de Adán Patiño que acaba de llegar a vacacionar de sus estudios universitarios.

En la subida de Culebrilla
nuevos amores, yo me encontré

será mi suerte, será mi muerte
ese amorcito que me encontré


En el camino hacia Cruzpata, a la altura de los nísperos, Cristóbal Manrique se agazapa entre los arbustos a fin de sorprender con abundante ortiga y talco a Felicita Villavicencio que sonriente y distraíaa sube de Tambillo. La alegrí­a dura todo un mes. Febrero en Huachos es lluvia, neblina, ortiga, juegos, yunza y mucha alegrí­a.

Cutilambras, cutilambras viday
imaymanta cutimunki


Los que no tienen para globos, recogen el fruto de la papa, el uylluscu, llenan sus bolsillos, y van arrojando desde lejos por los caminos. En la tienda de Ale Canales están cortando la mañana Olga Peña, Pato y Josefina Machuca; las voces de José Chávez y Primitiva Cárdenas se escucha a la distancia, mientras que la guitarra de Florencio Sánchez endulza los versos:

Que bonita sube la nube
cuando se encuentra perdida
a veces baja, a veces sube
con el corazón herido.


Y todos en coro repiten: ¡Huarmachay!

Ya en la plaza, llenos de talco y adornados con serpentina y pica-pica, se baila y se canta, en ronda, en torno a la yunza. ¡Goza! ¡Goza! La yunza es un inmenso y coposo aliso, plantado al centro de la plaza, que ahora está bien adornado con globos y serpentinas, cargado de regalos. La pandilla de bailarines golpean al árbol, por turnos, con una filuda hacha, mientras todos cantan:

Tengo derecho, mayor derecho
para decirte te quiero mucho


Y es que los carnavales es la fiesta del enamoramiento, la fiesta del amor, la fiesta en que el joven acompañado de la guitarra y el charango va declarando en coro y públicamente su amor, al mismo tiempo que mira de reojo y con disimulo a su adorada.

Uno, dos y tres, cuatro, cinco, seis
siete, ocho, nueve, diez, once, doce
madrecita linda ya estoy grandecito
yo quiero casarme con una huachinita


En estos carnavales todos quieren ser solteros. Los maestros Gustavo Mendoza, Conrado Soldevilla y Santos Flores dicen que buena vida están pasando como muchachos solteros, mientras sus esposas ri­en y miran con picardia; Lucho Medina quiere acompañarlos, la tía Jacinta lo impide.

Quién dice que estoy llorando, vidallay
quién dice que estoy sufriendo, vidallay
no lloro ni tengo pena,
gran vida que estoy pasando.

Gran vida que estoy pasando
como muchacho soltero.


Daniel Arana, Fortunato Cárdenas, Orlando Dávalos y Norman Trinidad repiten con mss fuerza una conocida estrofa:

Hay vidas vidas challay
soltero vidas challay!


Los más jóvenes cogidos de la mano también bailan. César Flores, Isa Soldevilla y Alchi Guevara se atreven a ingresar al ruedo acompañados de Ismena Quiroz, Marí­a Patiño y Maruja del Ri­o. La mudita Leonor Sánchez también tararea una canción y cogida de la mano de Italo Valenzuela baila con alegrí­a interminable; Doraliza de los Ri­os y Mirna Dávalos celebran la hazaña. Jádiz Gálvez me jalonea y Rony del Río se pone celoso.

Piedrita blanca del río
que bonito brillo tienes
ese brillo que tú tienes
me va robando el corazón


Marlene Suárez, Betty Patiño y Floriza Canales sacan de sus bolsones abundante talco y empolvan rostro, cabellera y atrevimiento de Fidel Chávez, Diosdado Espinoza y Wilder Arellano. Calles, patios y callejones desbordan de alegrí­a. Una lluvia de globos moja y remoja a un grupo de damas que miran la yunza de uno de los extremos de la plaza. ¡Agua! ¡Agua!

Pobrecita paisanita
por quién estarás llorando,
cinta labrada color de canela
dame la mano derecha

La alegría se ha generalizado ahora que la resonancia del charango de Rafael Sánchez y la guitarra de Dario Patiño se escucha con mayor nitidez. Mauro Cárdenas Abregú canta:

Wachiwalito, wachiwalón
saca manteca de tu talón


La noche está avanzando, una pálida lámpara Petromax alumbra a la pareja que golpea al árbol con el hacha; en la oscuridad las voces aclaran su melodía mientras que el árbol sigue de pie, resistiendo los fuertes golpes:

Yunseta, yunseta, quién te tumbará
el que te tumbara te renovará


Cuando ya empiezan a enronquecer las voces y harta cerveza ha circulado, cae el árbol, los niños corren a quitarse los adornos y regalos, mientras los jóvenes y adultos siguen cantando; pero ahora los versos son de letra huamanguina y apurimeña que los arrieros, ganaderos o universitarios han trai­do:

No se puede, no se puede
olvidar a quien se quiere
porque el amor verdadero
al pie de la tumba muere.

Enero,  2008

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COLEGIO SAN CRISTÓBAL

El Colegio San Cristóbal de Huachos, nuestro colegio, se hace presente en las palabras del presidente de la Promoción 2007, en un articulo publicado últimamente. Y, esas juveniles palabras de inmediato nos trae al recuerdo la vida inquieta, traviesa y llena de ilusiones con que cada mañana encaminábamos nuestros pasos hacia el colegio. Muchas veces llegábamos soñolientos; otras, todo mojados y mal peinados.

Casi corriendo ingresábamos por un pequeño descenso para alcanzar la formación. Don Juanito Díaz, el auxiliar, daba las últimas indicaciones antes de ingresar al aula. Ya en el salón, aprovechando que todavía no llegaban los profesores, completábamos el desayuno con la cancha de maíz moro que traía Jadiz Gálvez o los tamales cruzpatino que nunca faltaba en la bolsa de mi prima Maruja del Río. Miriam Suárez contagia su risa interminable y Hernán Dávalos se atraganta generando que Rony del Río se asuste y ponga sus ojos saltones a punto de explotar. El bullicio y la risa se paraliza cuando ingresa el profesor, nos toca el curso de Religión, y, el docente encargado es el sacerdote de la localidad: Honorato Chávez del Río.

El Padre o Doctor, como lo llamábamos, llegaba acompañado del sacristán quien colocaba una silla adelante donde tomaba asiento el sacerdote y en una clara elocución nos hablaba de Jesucristo como símbolo de paz y amor, y leía, pidiéndonos que escuchemos a Juan, capítulo 14: "La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni...". .... Todos nos paramos asustados porque un temblor suspendió la lectura, corrimos hacia la puerta, intentamos abrirlo, era imposible, gritos, empujones, el sismo continuaba, el sacerdote levantando su habito también corría hacia la puerta y al ver que Maxe Velazco impedía el paso le dio un coscorrón gritándole !Satanás!; felizmente en aquel momento calmo su furia la naturaleza. Lo que no se detuvo fueron los comentarios y risas al final de clase. El profesor Ñahuis paso nervioso hacia la Dirección, Lolico Huayamares, solto un largo onomatopeya: currrrrrrrr. Carlos Peve nos pasa la voz que vayamos a jugar un partido de fulbito. Olvidando golpes, sustos y clases corremos hacia la pedregoso y estrecha cancha que se encuentra espaldas de la Dirección. Gritos, goles y pases no hacen olvidar la hora, pero no perdemos la memoria porque hasta ahora lo recordamos. Octubre, 2007

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"Los caminos del recuerdo"

En un día  tan especial, once de setiembre, para todos los huachinos, y mientras desarrollo mis actividades, me permito publicar una crónica recordando a nuestro pueblo, seguro que muchos estarán compartiendo la tradicional mistela, desde luego que no con la misma alegría, bullicio y emoción de años anteriores.
En estos tiempos en que la cosecha no es buena y las chacras se han llenado de monte, piedra y grama, son muy pocos los jóvenes que viven y estudian en el pueblo, la mayoría se ha ido a la costa o a ciudades distantes. Todo ha cambiado, ya no es como antes. Esos años eran buenos. Antes, mucho antes, estoy hablando de los tiempos cuando la carretera no llegaba al pueblo ni existía el colegio San Cristóbal, los camiones solo llegaban hasta Echocan o Palca. Luego de compartir la geseosa Bidu, Pedro o Isabel Saravia despedían a los viajeros con un cariñoso adiós.

Montados en acémilas o a pie se cruza, en Echocan, un estrecho puente colgante. Metros mas allá hay un inconcluso trecho de carretera; en una de esas curvas, cuando venia de Huachos, cargada en una camilla, falleció Olga Saldaña Cárdenas; no pudo dar a luz, y había que trasladarla hasta Chincha para una atención medica; fue un doce de setiembre, en plena fiesta. Por esta ruta, cargando sus equipajes y arreando la piara de burros subían hacia el pueblo los viajeros. El agotamiento empezaba en la subida de Quichua; un descanso en Manchaycruz, frente a la casa de Maxe Arana, quien con su sonrisa y gestos exagerados se acerca a saludar; algunos descansaban antes, por la casa de la familia Mateo, aprovechando también para comprar rojos y picantes rocotos.

Con desconfianza y recelo atravesaban Raspaza; un estrecho camino, cuyos bordes terminan en profundos abismos hace palidecer a los viajeros. Al fondo, apenas se divisa el río como un delgado hilo blanco. Chilcani, tierra de gavilanes, tunales y yacones; el oleaje y verdor de los alfalfares refresca el caluroso ambiente. Chihuacos, chiquillos y loros alegran con sus cantos y silbidos. Sixto Navarro, despreocupado del bullicio de la vida, recepciona con una venia el saludo. Enrique Villavicencio, lápiz a la oreja, cepilla un madero de aliso. Antes de llegar a la casa de Alejandro Castillon el viajero aprovecha para cortar unas cañas que servirán de soporte o bastón. Con sonrisa y voz elevada, Celino Peve brinda sus dulces, amarillos y frescos tumbos.

En Almacasia había que persignarse y encender una vela, y recordar con mucha pena al viajero que cayo por entre los tunales al fondo del barranco. De arriba, de la acequia llegan voces de dos regantes que discuten por el turno del agua. Descenso por una gradería empedrada al sanjo de chapaca, se bebe las cristalinas aguas, un remojón de la cabeza y ascenso por una pequeña cuesta; una culebra cruza el camino y se pierde entre las pircas que parten de la enorme piedra que tapa el árbol de nogal. Luego de pasar el pequeño puente en Chapaca, se sube un estrecho, cascajiento y zigzagueante camino; y, bordeamos una chacra y se emprende la ultima subida, la cuesta de Candaduyocc; mas al fondo se divisa que unos chiquillos rebuscan tumbos en Teneria. Se corta camino por el centro de un enorme cerco de alfalfa, uno de los cercos mas grande de todo el pueblo.

En Cruzpata, al pie de la cruz, madero verde con paños que flamean y un INRI que resalta, los familiares sentados o apoyados en enormes piedras esperan al viajero que desde lugares lejanos retorna a su Huachos querido.

EL PUEBLO

En el pueblo vive la familia. Tíos, primos y sobrinos. Los niños son como palomitas, a todos le dicen: tiuy, tiay, tiuy, tiay. Huachos, con sus calles angostas, rodeado de cerros inmensos; paredes blancas desteñidas y polvorientas, espera silencioso y pacientemente el retorno de sus hijos. El rojo tejado cargado de musgos están  opacándose, las calaminas desclavadas pelean con el oxido; cruces de hojalata muestran tristeza en los techos; balcones perforados por el urungo; puertas llenas de candados y ventanas resecadas y rajadas. Un vientecillo recorre pausadamente y envuelve el ambiente. El cemento agrede, devora y entierra graderías y canaletas de piedra. Preguntamos por vecinos y amigos que no encontramos, por única respuesta creemos escuchar que la gente en su interior murmura una copla de pascua:

"Unos se encuentran
en pueblos extraños
y otros olvidados
bajo la tierra".

Al frente, Huayangoto es un imponente cerro ancho y elevado, cuyo  falderío esta acompañado de arbustos secos, espinosos, pardos y sin hojas, dándole cierto aire de vegetación y monte; por la parte central atraviesa un camino, dándole una imagen de cinturón apretando la panza de un obispo; concluye en una profunda y rocosa caída que acaricia el riachuelo por la que discurre un hilo de agua en una verde y estrecha quebrada. Los frondosos pinos de la puerta de la iglesia se levantan soberbios y pujantes hacia la altura, como desafiando al cielo. Al borde de los caminos, en acequias, patios, jardines y sobre las tapias de los cercos se mecen caprichosamente las romasas.

Ingresamos a una de las casonas, al trasponer el umbral, encaminamos por un pasadizo de piedras redondas y pequeñas, desgastadas por el uso. Traspasado el zaguán nos encontramos con un ordenado jardin, donde crece una cantidad y variedad de margaritas, claveles, un floripondio y un gigante y delgado pino que aroman y dan belleza; alrededor hay puertas y ventanas cerradas por años. Forzamos unas de las ventanas y vemos en una de las paredes de lo alguna vez fue el comedor un inmenso mural cuyos colores no han sido opacados por el tiempo y la ruina que muestra el resto de los espacios.
Setiembre, 2007

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DÍA DE TODOS LOS SANTOS

En el día de todos los santos el pueblo concentra su atención en el panteón. Desde temprano, a veces desde antes que salga el sol, ya están rezando, prendiendo velas y colocando coronas o flores a sus muertitos. Lágrimas es lo que menos sobra. Recuerdos abundan y recorren por todos los nichos. Ante de llegar al Campo Santo, casi el vuelo se coge un manojo de muña que crece al borde del camino y oliendo se traspasa la puerta. El amarillo encendido del suncho cubre de color todo el espacio.

Ingresando, casi como cortando el camino hay un nicho. El visitante detiene sus pasos se persigna por segunda vez,  coge  un flor del ramo que tiene en la otra mano  y deja sobre el nicho de Olga Saldaña un rosa roja en capullo. Metros más allá,  la tumba de un policía; Olmedo Arellano, vino joven, desde lejos, se quedó y formó familia en el pueblo: murió dirigiendo el trabajo de la carretera en su última etapa; hoy la avenida principal lleva su nombre. Al centro,  hay un pequeño  mausoleo de adobe con techo de teja; Carmen Soldevilla y  familia descansan en paz.  Casi al costado, la sepultura de Amador Quiroz resalta por su moderna lápida. Delgados y pequeños caminos conducen a la sepultura  de los bisabuelos,  abuelos, tíos, padres, hermanos, sobrinos e hijos. Una delgada y a veces tosca cruz señala el lugar donde ubicarlos.  Ir al cementerio también es visitar a la familia. Los pequeños son enviados a traer agua para regar lo que plantaron el año pasado y la lluvia les ayudo a mantenerlos.

Hay muertos con apellidos no comunes e incluso extranjeros. Todos son visitados. En estos días no  faltan flores, rezos  ni velas a ninguno de ellos. El cementerio de nuestro pueblo es pequeño, sin embargo  caben todos. Ya no hay espacio para seguir enterrando, pero cuando alguien muere lo conducen al único lugar que tenemos. Cercado por  altos, gruesos  y antiguos  muros de adobe; con una única puerta de madera que hace años está a punto de caerse y la mirada indiferente de las autoridades no lo repone.

Estos días no sólo es visita a los muertos; también,  reencuentro, alegría, gozo y celebración. Afuera, en un campo medio inclinado,  las damas y los niños brindan  con la chicha de maní que la tía Venecia Gutiérrez  sirve de uno de los  baldes blancos de porcelana. Los señores abrigan  la tarde y aceleran los chistes con botellas de anisado o quemadito.  Los dulces y calientes  picarones de Dora Peña llenan el hambre de los pequeños. Tamales cruzpatinos de la abuela Demetria Mendoza coronan el almuerzo. Fidel Molina le da mil vuelta a la heladera antes de servir sus helados de canela o leche. Los niños completan su tarde con raspadillas de hielo traído desde Quiropalcca.  Octubre, 2007

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DICIEMBRE EN HUACHOS

Por las tardes va llegando la lluvia. La neblina, desde temprano, trata de ocultar los enormes cerros. Un viento frío recorre las estrechas calles. Los rayos solares como que andan espantados. Los animales, vacunos principalmente, se oponen ir a los alfalfares y orientan su mirada hacia las zonas donde los pastos naturales empiezan a mostrarse. El río  , día a día, aumenta su caudal y va perdiendo su claridad hasta convertirse en color chocolate; sus mansas pozas son ahora enfurecidas corrientes que arrastran piedras y palizadas. Los jóvenes, aquellos que concluyen secundaria, alistan maletines e ilusiones para emprender viaje por mundos ajenos y desconocidos. Mientras tanto, como aguardando el día de la partida, se despiden una y otra vez del ser amado o de la amistad eterna. ¡Nunca te olvidare! y ¡Algún día regresare!, frases que se repiten en cada esquina. Botellas de quemadito o anisado espantan el frío y aceleran la despedida. Los huaynos son la mejor compañera en estas noches de guitarra, poncho, chalina y lagrimas.

! Adiós, adiós, pueblo querido
Ya me voy ya
Ya me estoy yendo
Si estoy vivo regresare
Si estoy muerto ya no, ya no!

Con el amanecer y al segundo canto del gallo llega el ajetreo de los padres. Las mamas, ocultando sus penas y secando sus lágrimas, encienden el fogón, cuidando que la leña dure hasta que escampe la lluvia. El papa y los hermanos mayores ya están a mitad de la faena agropecuaria. Chiwacos y lombrices enfrentan una batalla de sobrevivencia. Los urungos despiertan con el tímido y pálido sol que intenta burlar alguna nube pasajera. Conforme pasan los días, como que todos sobreponen las penas y el frío. Un airecillo de alegría ingresa y salen de casas y locales. Al borde de las veredas de cemento se inicia una competencia no programada de golpes. Los niños empiezan a chancar sus chapas de bebidas para armar sonajas que animaran la fiesta de navidad.

JUYÑUPAMPA
Con las nubes, la neblina y la lluvia llega la navidad a Huachos; truenos y relámpagos no lo impiden. A decir verdad, las nubes empiezan a enrarecer y oscurecer el cielo a partir de setiembre; la neblina se hace más densa desde los primeros di­as de diciembre; la lluvia al inicio es fina, delicada y de los atardeceres, luego como que se acostumbra, y cae con fuerza y se vuelve prolongada; pareciera de nunca acabar. Sonaja en mano, al atardecer del 21 de diciembre, Roque Salvatierra baja desde Huaycos por el camino zigzagueante, ese camino de piedras pequeñas, duras y filosas.

Roque ingresa por Lucma, allá en la esquina donde la tierra rojiza se vuelve pegajosa y amarilla en esta época. Hace un alto, como descansando, al lado de la casa de Pedro Villavicencio, y luego en la de Julia Molina; Conra Valenzuela y Chino Tiucha, bullangueros y badulaques, aparecen por una de las esquinas. De cantina en cantina, de esquina en esquina, los tres zapatean en buen ritmo, imparables. Nosotros, los niños, entre recelos y sonrisas disimuladas, observamos como queriendo que nos inviten a acompañarlos. Aquella noche es el Juyñupampa.

-¡Quilusin! ¡Quilusin!

En el atrio del templo, los adultos abrigan sus ánimos con ponche y calientito; expulsan sus disfuerzos y vergüenzas con más calientito que la tí­a Venecia ofrece. El violín  de Germán Molina anima la fiesta. El humo del cigarrillo Inca del Negro Vi­ctor del Río envuelve el ambiente. La neblina acentúa a la oscuridad nocturna. Oscar Dávalos trata de alumbrar con una lámpara Petromax. Roque, Resistencia, con acompañamiento del violinista, o sin ella, zapatea. El zapato doblezuela, adquirido en la tienda de mamá Apo, revienta el piso. En uno de los extremos del patio, el violinista Saturno Cárdenas anima con la tonada Chuto. Entre juego y juego entramos al zapateo. Wi­lder Arellano y Roni del Ri­o corren a sus casas y traen sus sonajas; Sotaco Renán y Alchi Guevara se cubren con oscuros abrigos de mujer; Perico Inga, Fierro, Konami y Modesto Quispe introducen pequeñas piedras en latas vací­as de leche evaporada, las que agitadas generan un gran bullicio.

-¡Vicuna! ¡Vicuna!


Zapateamos las variadas tonalidades que ofrece el violinista; bulla y entusiasmo. Luego, miramos con ojos pedigüeños, nos alcancen el puñado de caramelos perita. El violín de Espí­ritu Rivas imita el silbido de las vicuñas que pastorean en Quiropalca y Suytupampa. Se animan a participar: Chicote Flores, Maco Suárez, Martí­n Villavicencio, Pompi del Río, Maco Soldevilla, Willy Canales. Para nosotros no hay quilusin. Jango Chávez, Eliades Dávalos, Abel Peña, Cayo Canales e Ilfe Gálvez ríen exagerada y burlonamente.
Diciembre, 2007

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DÍA DE LA SONAJA

En Huachos, la competencia, el atipanakuy, es el 26. La fiesta de la sonaja se inicia poco mas allá del medio día. La lluvia ha disminuido casi hasta escampar; el sol intenta brillar; hay un inmenso arco iris. Los danzantes ingresan a la plaza en parejas, cada varón con su chuli. Los Barrio Arriba parten de la casa de la señora Fortunata Cárdenas de Patiño, brindan frente a la tienda de Panchito Dávalos, y antes de descender a la plaza, animan su valor y aumentan su energí­a con quemadito de pisco que Vito Patiño ha enviado desde Chincha; Teodorico Suárez y Cruz Casas, alcanzan unas botellas de anisado. Defilia Medina, con su sonrisa inacabable, alcanza un abrigo a uno de los bailarines.

-!Quilusin! ¡Quilusin!

Los danzantes de Barrio Abajo brindan en casa del Cura Chávez, hacen un ruedo frente a la de Eloy Dávalos; Teodorico Cárdenas y Dora Peña se animan a brindar unas botellas de quemadito; un ruedo delante de la casa de Tí­a Tí­o e ingresan con fuerza, brav­os y ganadores, bajo el chasquido de sus sonajas, por la esquina inferior de la plaza.

-¡Vuelta camarón!

Las chulis, elegantemente vestidas, cogen con una mano las azucenas; armazones de carrizo cubiertos de papel lustre o papel cometa; con la otra mano, levantan unos centí­metros la falda. Las guiadoras adelante; Reymunda Chávez, Beatriz Dávalos y Piedad Delgado encabezan el Barrio Abajo; Euqui Martínez, Teófila Cárdenas e Irene Neyra capitanean el Barrio Arriba. En el extremo superior de la plaza es la competencia. Bancos y sillas dan la forma de media luna, la multitud se arremolina. Primero es el encuentro de prosa entre los pastores, luego se fija el número de bailarines; mujeres y varones por cada barrio. Generalmente son cinco damas y diez varones por barrio. Uno a uno sale al ruedo. Previo se ha sorteado quien inicia el baile.

- ¡Vicuña! ¡Vicuña!

Sonaja en mano, acompañado del Pastor sale el danzante; una vuelta al ruedo, se para frente al violinista, capta el sonido y empieza el zapateo.

-¡Chilico! ¡Chilico!

Ahí están, por Barrio Arriba, debidamente ataviados: Pablo y Oswaldo Patiño; Fortunato Cárdenas; Luis Flores; Drago Dávalos; Teodorico de los Ríos, Toloco; Roque Salvatierra, Resitencia; Abraham del Ri­o, Rafael Sánchez; Alberto Martínez; Luis del Ri­o; Adolfo Vazques, Alulo; Sego de los Rí­os; Florencio Sánchez. Por Barrio Abajo, sonaja en mano: Jorge Manrique, Chipe; Felchi Cárdenas; Basilio del Ri­o, Fidel Chávez; César del Ri­o; Julio Sánchez; Israel Medina, Challhua; Ale Medina, Campana; Pascual e Italo Valenzuela; Honorato Delgado; Dalmacio Reymundo; Alejandro Castillo; por los clavos de Cristo: Raul, Javier y Efrai­n Reymundo. Corcheteao, Mudanza y Zapateo Tradicional sacan polvo al piso o secan el barro y arrancan aplausos del público. Al final de la tarde, cuando todavi­a no ha terminado de zapatear el último bailari­n, todos corren, gana gana hacia el atrio de la iglesia.

En la puerta de la iglesia
hay dos plantas
que son testigos
de la vida que yo llevo


La noche va tomando cuerpo. Con fuerza y bulla, se quitan espacio en el pequeño atrio; zapatean y cantan al mismo tiempo.

Dándoles aplausos
a los Barrio Arriba
con que voluntad
dan los del pueblo

-¡Gasilay! ¡Gasilay!

El barrio que llega primero al atrio y baila apegado a la puerta del templo es el ganador. Chicas de voz cantarina entonan:

Dándoles aplausos
a los Barrio Abajo
con que voluntad
dan los del pueblo

- ¡Quilusin! ¡Quilusin!


Celebramos el nacimiento del Niño Dios con bailes y cantos tristes, tristí­simos; los varones zapatean la tonada de pascua, las chulis entonan melancólicas coplas.

- ¡Vicuña! ¡Vicuña!

Escuchamos que orgullos y vanidades no duran. Pablo Patiño, creador de mucha coplas, eleva la voz.

Toda grandeza en esta vida
dejaremos
entrando a lo más profundo
bajo la tierra

- ¡Gasilay! ¡Gasilay!


Las coplas pasan de una a otra generación, pero a veces obedece a la inspiración del momento.

Como yo no tengo a nadie
yo miro a la tumba de mi padre
¡hay que triste había sido!

- ¡Qulusin! ¡Quilusin!


El siguiente espacio en que zapatean y entonan sus tristes coplas en el cabildo; lo efí­mero de la vida sigue siendo el gran tema.

Tengamos presente
de la vida pasajera
tal vez ya no llegaremos
al otro año como hoy dia


Cada grupo den su barrio, se van despidiendo, de esquina en esquina, con los famosos esquinazos.

- ¡Vuelta camarón! ¡Vuelta camarón!

Cuando la noche ha copado el pueblo y la mayoría de bailarines se han desperdigado, los pocos que quedan continúan despidiéndose. Mareados, llorosos, agotados zapatean con la poca fuerza que les queda y se despiden no sólo de la navidad, sino también del año que termina.

Adiós, adiós,
pueblo de Huachos
adiós, adiós
las buenas pascuas.

Diciembre, 2007

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SEMANA SANTA EN HUACHOS

Verde y amarillo es  Huachos* en marzo y abril. Verde y de tonalidades  sus   árboles,  arbustos y pastizales. Amarillo, las flores del suncho  y nabo silvestre que como un manto cubre los sembríos;  además del colorido  hay fervor y recogimiento por  Semana Santa. Por estos días, la lluvia y los truenos calman sus furias; muy de vez en cuando una menuda y corta llovizna acompaña  la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.

La festividad se inicia el Domingo de Ramos. La efigie de Jesús sobre un burrito con su alforja que revienta con fruta y ají,  recorre triunfante las calles. Es una procesión rápida, temprano y de poca concurrencia. Las pequeñas palmas bendecidas entregadas al final de la misa es llevada con mucho cuidado y alegría a los hogares; clavada en forma de cruz en la  parte posterior de la puerta principal de la casa; sirve de invocación o  para persignarse antes de iniciar la diaria labor. Toda esta celebración es representada, días o semanas antes, por los niños en sus juegos con la arcilla.

El Miércoles Santo es noche del encuentro. Jesús, ayudado por Simón Cirineo,  carga la Cruz,  y en la parte céntrica de la calle Comercio  se encuentra con la Virgen Dolorosa, que con una túnica negra de encaje lleva en su pecho siete puñaladas de plata. Desde la tarde, la población ocupa su tiempo en múltiples actividades; los mayores arman, adornan  y  están atentos a los  detalles del anda de Cristo Crucificado; los jóvenes, prestos y solícitos con San Juan; los niños, luego del apurado almuerzo, mientras van cazando urungos para chuparles la miel, recogen en canastas y bolsas flores silvestres en chacras que  bordean la población, luego las deshojan con mucha rapidez, y felices y contentos  arrojan durante la procesión, es toda una lluvia de pétalos amarillos.

Previo al encuentro entre la Virgen y su hijo, se presenta San Juan, quien elegante, con terno y sombrero saluda a Cristo. San Juan es el santo de los solteros.  “Chagua, chagua,  ¡pofff!”, exclaman los jóvenes cuando algún casado pretende acercarse al santo; el único que puede hacerlo  es  Leopoldo Patiño, quien  con su chispa y buen humor enseña a los jóvenes la melodía de las canciones, les cuentas historias y da el retoque final al anda.  El santo es llevado luego  por traviesos y burlones jóvenes a algún alejado y solitario lugar, dejado ahí hasta que sea encontrado por damas mayores que molestas  ordenan que se devuelva el  Santo  al acompañamiento general. Los devotos encienden sus ceras en el piso del templo, delante de las andas; aprovechábamos el calor para calentarnos y entre juego y juego armamos con las lágrimas de las ceras los cocobolos, que son pequeñas  bolas de cera  unidos a la punta de una pita, las mismas que permite golpear a escondidas, rápido y de lejos  a los amigos que se quedan dormidos en la misa o están distraídos en la procesión.

Pasado el medio día del jueves se inicia el duelo general. Hay silencio, tristeza. Los niños suspenden travesuras y olvidan bullicio y griterío. Está prohibido el repique de campanas, sólo el sonido de las matracas recorre las calles. La enorme Cruz en la que Cristo está crucificado tiene al pie abundante hierbas aromáticas: arrayán, toronjil, hinojo. Viernes Santo, día de recogimiento, ayuno y luto. Seis hombres con cucuruchos y  túnicas blancas ingresan en fila al templo, son los Santos Varones, los judíos;  llevan adelante la ceremonia de la desclavación y colocan la imagen de Cristo en el Santo Sepulcro. Los Santos Varones son promesantes que por siete años seguidos son responsables del ceremonial de este día.  El Sermón de las Siete Palabras que el sacerdote recuerda en latín y español es acompañada por el coro que en quechua canta:

Ñucñu Jesús Yayallaimi
Calvarioman lloqsimunña
Huañuillanhuan cunaicucuq
Qanchis simi rimaillanhuan.
Canchaq inti purisqampi
Ñacarisqanta qahuaspa,
Yuyainiyoq runa jinam
Llakicuihuan tutayanña.

Al término del Sermón se apagan todas las luces;  en la Tiniebla sólo  se escucha  voces  apuradas de los sacristanes: “Ayuden a Cristo”, “Ayuden a Cristo”;  y van recorriendo todo el templo golpeando al azar con sus gruesas correas de cuero a los fieles que sentados o arrodillados esperan el castigo. Recobrada la luz una lenta procesión parte del templo y  recorre las calles toda la noche. Al término de cada cuadra hay un obligado descanso, y, entre descanso y descanso circula con mucha rapidez  las botellas de quemadito. La procesión es pausada porque el anda de Cristo pesa demasiado; han colocado  una enorme campana cuzqueña de bronce, piedras, varas  verdes de maguey;  dicen que así los judíos se librarán de sus pecados. El anda cubierta en su totalidad de tela negra, está adornada con cenefas oscuras de papel grueso que son sostenidas con la punta de la cabuya; y, formando varias  filas están colocados cirios encendidos que amarrados a pedazos de carrizo puntiagudo. Cada una  de las piezas  con que Cristo fue crucificado es llevada exclusivamente por señoritas, quienes caminan delante de la procesión, pero con la mirada al anda.

Al término de la semana, al amanecer,  se pasa de la pena y el luto al canto y  la luz por el Cristo Resucitado, es Domingo de Pascua. Entre repique de campanas, cánticos y fuegos artificiales, Cristo en procesión, con una bandera  peruana en la mano,  recorre el perímetro de la plaza. Un ponche caliente de ajonjolí  abriga la fría mañana.

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LLUVIA DE COCOBOLOS

Procesiones, cánticos, oraciones, ponche, quemadito, flores y un festival de cocobolos es la Semana Santa en Huachos. Como preludio de Pascua o Semana Santa, los niños, por las tardes, moldean en miniatura, tronos y santos, para luego llevarlos ceremoniosamente desde Lucma hasta la Pampa o el Cabildo. Entre juego y juego hay una representación artística y espontánea de toda la religiosidad, que incluye sacerdote, cantor y sacristán. Cuando se avecina la noche, los adolescentes aprovechan para probar su "primer" trago o enamorar; la letra se hace poesía.

El Domingo de Ramos, día de palmas, sale montado en su borrico San Ramón; una variedad de frutas desborda las alforjas de la acémila. El miércoles Santo es día de encuentro; a mitad del recorrido hay dos encuentros, entre el Señor y San Juan (el santo de los solteros) y, entre el Señor y la Virgen Dolorosa. El jueves a partir del medio día, el sonido de la matraca recorre las calles anunciando que estamos en días de tinieblas. Las campanas suspenden sus sonidos. El Viernes Santo, luego de las doce palabras, la desclavación y la ceremonia de los santos varones, los tronos recorren las calles en un luto que oscurece mas la noche. Domingo Resurrección, es luces, alegría, repique interminable de campanas y campanillas.

A la salida del templo y en los descansos, las andas reciben múltiples variedades de pétalos de flores, preferentemente de suncho y achangaray. El suncho es amarillo y recogido durante todo el di­a por los niños, quienes con su canasta o bolsa van recorriendo Merendana, Cruzpata, Luzhuasi, Manzanapata. Las flores de achangaray son blancas o jaspeadas, están al borde de las acequias o al margen del rio. Pero, los niños no sólo recogen flores; mientras cortan el suncho cazan urungos hembras y chupan la miel de estos insectos; y, cuando cortan el achangaray, van masticando el tallo del herbáceo. En los descansos y al final de las procesiones circula tazas de ponche e infinidad de botellas de quemadito. El tradicional ponche es ajonjolí, leche huevos, canela y clavo de olor. El quemadito no sólo abriga y expulsa el fri­o de los devotos y acompañantes, sino que además da valor y fuerza a quienes cargan las pesadas andas.

Estas noches no siempre son santas, al menos para los muchachos que aprovechando que el señor está muerto y no puede ver los pecados terrenales; se acercan y sustraen de los canastotes: bizcochos, rosquillas, chimangos y empanadas de las señoras Bony y Antonia, que se encuentran apostadas en el cruce de las calles Comercio Y Bolognesi. En misas, paraliturgias y procesiones se percibe nerviosismo entre las adolescentes y señoritas. Una pequeña bola de cera sostenida por una pita trastoca la calma, reflexión, penitencia y ayuno. En lo más sagrado de la ceremonia cae un golpe en la cabeza; la poca luz y la aglomeración de las personas no permiten ver quien lanza el cocobolo. La bola se arma con las lágrimas de velas y cirios que las señoras han dejado encendido al pie de las andas. Para las mamás es una semana de fé, reflexión y luto; para las chiquillas, golpes en la cabeza; para los chiquillos, un festival de cocobolos.
Marzo,  2008

Costumbres

Huachos cuenta con costumbres y tradiciones propias como pueblo andino, expresado en sus modos de organización, producción, tradiciones y festividades.

La Cosecha

La cosecha se celebra con el “Huaylas”, que consiste en el acopio de productos sean papas, trigo, cebada, arvejas, habas, en un lugar llamado “ERA”, las papas para ser seleccionadas y las legumbres para ser trilladas. Mas o menos a las 8 de la noche empieza la fiesta  cuando  los concurrentes entonan el canto “JIYAHUAYAY” y las mujeres responden con el cántico ”AYSARIHUAY” (Levántame), todos comen, beben y bailan en ronda hasta el amanecer.

Autora: Emma Cristina Garcia Moreyra

(Ex directora del Centro Escolar de Mujeres de Huachos)

El Entierro

Es costumbre en Huachos que, cuando una persona adulta es sepultada, los deudos cantan el “AYA HUACCCAY” (canto al muerto), esto se ve en el momento de depositar el ataúd en la sepultura. Los acompañantes  arrojan a la fosa un puñado de tierra con la exclamación de “APACHICUY” (llévatelo) para que el difunto haga entrega al familiar fallecido. El entierro no es igual cuando se trata de un niño. Durante el velatorio las mujeres de buena voz cantan el “JARAHUI” cuyas letras en quechua dicen:

“Ricuy niñachay ñaupariscay quimsa  rosasta tauparimuchcay chayman chayaspa raquinaricusun ccampas, ñoccapas, yahuarta huaccaspa”

Traducción

Autora:Emma Cristina Garcia Moreyra

“Ve adelantándote niña a plantar tres rosas llegando allí nos separaremos, tu y yo llorando sangre” A este canto los hombres contestan con un huapido llamado “Aparicuy”.

Cultores de la música en Huachos

Las notas de un huayno, alegre o lastimero acompañan la tranquilidad de una noche huachina. Solo la luna alumbra la oscura plaza. Los jóvenes y aún los niños acompañan a los improvisados como entusiastas cantantes. No falta una guitarra, un charango o una mandolina. Y así, en la calle, con el frío nocturno se oye una serenata amorosa. Los músicos aparecen y desaparecen, pero resurgen pues el pueblo nunca dejará de cantar. He aquí nuestros músicos, quienes hicieron reverdecer en nuestro espíritu el amor por la vida y por Huachos.

El solista Darío Patiño Yance

“Los hermanos Manrique Dávalos” Que bebieron de la bohemia universitaria huamanguina.
“Galanes de Huachos” Los hermanos Diosdado y Honorato Espinoza Soldevilla, Pablo Gálvez y otros, cantando su emblemática “Carretera Chincha Huachos”
“Los Chitos del Perú”  Félix y Edén Martínez
El violinista de la navidad Don Lucas Rivas.
El dúo Pichuta (guitarra y violín) de José Mateo y Cilio Nuñez
“Los Vientos del Norte”  Fidel Chávez Marcos, Marlon Sánchez Valenzuela, Otorino Sánchez Dávalos, Aldo Valenzuela, entre otros.
“Corazón Peruano”  Recientemente este nuevo grupo dirigido por Pablo Gálvez, quien ha logrado amalgamar a músicos de otros puntos del país, como Utec Pampa y Coracora (Ayacucho), Espinar (Cuzco) y Huaraz.

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