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Por: David Auris Villegas Escritor/Poeta davidauris@gmail.com |
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Un joven orgulloso de su belleza física y de su apellido rimbombante había dejado ilusionadas —y a veces en ruinas— a muchas tías pitucas que caían rendidas bajo sus encantos.
Él estaba convencido de que su hermosura y su apellido durarían para siempre. Pero Alá, que todo sabe, ve y nada olvida, decidió darle una lección divina.
A los cuarenta se enamoró locamente. Ella, fascinada por su apariencia, le insinuó que sería “perfecto” con ojos profundamente verdes. Cegado por su ego, se sometió a una intervención estética. Pero la operación falló, y el joven perdió un ojo. Con ello, también se desplomó su orgullo.
Después de la desgracia, la mujer de sus sueños —tan pedante como él— lo abandonó. Y desde entonces, la gente que nunca perdona los defectos ya no susurraba su apellido, sino que murmuraban bajito: “Ahí va el Pirata”.
Y él, mirando de reojo con su anteojo inglés y su ego encogido pero auténtico, comprendió al fin que había recuperado la visión a costa de su vanidad.
© David Auris Villegas. Ha publicado: Hacia una educación del buen vivir y Cómo redactar y publicar artículos científicos. Edita y divulga la revista AURIS.
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