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Por: David Vilcapuma Gutiérrez Licenciado en Educación Divulgador de la cultura popular yanina. |
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Había una vez una pequeña pastora que vivía en un humilde caserío asentado en las laderas de una loma. El lugar estaba rodeado de praderas verdes y un río de escaso caudal, que hacía de aquel sitio un rincón encantador. No solo la naturaleza lo embellecía, sino también la calidez y hospitalidad de sus habitantes.
La pastorcita pasaba sus días junto a su rebaño de cabras y su fiel perro, Drako. Cada mañana, antes de que asomara el sol, se levantaba para ir al corral y luego conducir a sus chivas a pastar. Permanecía fuera todo el día y regresaba antes del anochecer.
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De lunes a viernes asistía a la escuela con entusiasmo y deseos de aprender. Los fines de semana los dedicaba a llevar sus cabras por los prados. Recordaba que, a los ocho años, conducía el rebaño hacia el rastrojo de chala de maíz que su padre había adquirido en un lugar llamado Retama, situado a orillas del río Acolla.
Después de alimentarlas, por la tarde las guiaba hasta el río para que saciaran su sed. Sin embargo, al atravesar un tramo peligroso, resbaló con sus ojotas y cayó por un empinado barranco, deteniéndose entre arbustos y árboles en la ribera.
El golpe le provocó un fuerte desmayo debido a la disminución momentánea del riego sanguíneo al cerebro. Poco a poco recobró el conocimiento. Sentía el rostro hinchado, con intenso dolor y sangrado. Al incorporarse, vio que su sombrero —su chuco— había quedado atrapado en un árbol. Con valentía, tomó un palo, lo desenganchó y se lo volvió a colocar. Luego, apresurada, fue en busca de sus cabras, que ya subían por la pendiente.
Con gran esfuerzo logró alcanzarlas, pero el cansancio pudo más y terminó quedándose dormida. Alguien, movido por compasión, avisó a su madre, quien la encontró en mal estado. La madre se quedó cuidando el rebaño mientras la niña, apenas sosteniéndose en pie, emprendía el camino a casa. En el trayecto se cruzó con mamá Tomasa, quien alarmada prometió avisar de inmediato a su padre.
A la mañana siguiente, muy temprano, llegó su padre profundamente conmovido. La abrazó con fuerza, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Sin perder tiempo, limpió y curó las heridas del rostro de su hija, cicatrices que quedarían como recuerdo imborrable de aquel difícil episodio.
Chincha, febrero de 2026
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