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Los masajes de Keiko

Una costumbre irresponsable bien peruana de los recien elegidos a cargos públicos de importancia. Castillo, lo hacia en Sarratea, Jeri entre gallos de medianoche, Boluarte en Mykonos-Asia...

Foto Lima Gris.

 

"La China" combina muy bien lo útil y lo agradable.

 

La revelación de las reuniones de la presidenta Keiko Fujimori con el cuestionado empresario argentino Damián Valenzuela Mayer, en el Spa Tomyko, ubicado en La Victoria, ha abierto una nueva crisis política alrededor de Palacio de Gobierno.

 

La información difundida por el semanario Hildebrandt en sus trece ha provocado, además, la conocida reacción de quienes pretenden defender a la mandataria: minimizar el hecho, invocar la vida privada y, de paso, matar al mensajero.

 

Pero aquí no se discute un masaje. Se discute la falta de transparencia.

 

El antecedente político resulta inevitable: Pedro Castillo y sus reuniones en una vivienda del jirón Sarratea, en Breña. El entonces presidente electo recibió allí a empresarios y políticos fuera de los espacios institucionales, sin los mecanismos habituales de registro y transparencia que deben acompañar el ejercicio del poder.

 

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Ahora miremos las fechas. El 3 de julio, el Jurado Nacional de Elecciones declaró a Keiko Fujimori presidenta electa. Ocho días después, el 11 de julio, sostuvo una de sus reuniones con Valenzuela Mayer en un spa de La Victoria.

 

Por aquellos días, la vivienda de Fujimori Higuchi se había convertido en una especie de pasarela política. Cámaras, micrófonos, dirigentes, empresarios y visitantes registraban públicamente sus ingresos y salidas. La futura presidenta recibía a medio mundo y los medios estaban allí para contarlo.

 

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿por qué no vimos al empresario argentino Damián Valenzuela Mayer formando parte de aquella transparencia política?

 

La respuesta no está en el masaje. Está en el lugar escogido para reunirse.

 

Si una presidenta electa decide encontrarse con un empresario cuestionado en un espacio privado, lejos de las cámaras y de los registros públicos, tiene que explicar por qué. No basta con decir que se trataba de una reunión privada. Desde el momento en que se es presidenta electa, cada encuentro  adquiere una dimensión política.

 

Keiko Fujimori tenía derecho a su privacidad. Pero el poder también tiene obligaciones. El problema, entonces, no es el Spa Tomyko. El problema es convertir un espacio privado en una oficina sin registro. Un despacho paralelo donde no sabemos quién entra, para qué entra ni qué se conversa.

 

Sarratea nos dejó una lección. Los lugares privados también pueden convertirse en escenarios públicos cuando allí se toman decisiones relacionadas con el poder.

 

Ahora tenemos los masajes de Keiko. Y la pregunta sigue siendo la misma: ¿Qué se negoció allí?

 

Fuente: Lima Gris - Edwin Cabello

 

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