Keiko Fujimori llega a la presidencia después de quince años y cuatro intentos. Pero el Perú que la rechazó las tres veces anteriores es, en buena parte, el mismo que volvió a rechazarla esta vez.
Gana, y no hubo fraude, como tampoco las veces que perdió. Ese matiz importa más que el resultado mismo, porque de él depende cómo se gobierna a partir del 28 de julio. En la primera vuelta de abril, entre 35 candidatos, ni ella ni Roberto Sánchez juntaron entre los dos ni un tercio de las preferencias. El balotaje no fabrica una mayoría que no existía: obliga a escoger entre los dos que sobrevivieron a un campo atomizado. Eso ya advierte que el mandato que se inaugura en julio es legal, sin discusión, pero no necesariamente un mandato de convicción extendida.
Lo que de verdad va a poner a prueba ese mandato es la aritmética del nuevo Congreso, no el simbolismo de julio. Fuerza Popular llega como primera fuerza, sin mayoría, en ninguna de las dos cámaras del nuevo Congreso, después de quince años acostumbrada a hacer oposición y bloquear gobiernos ajenos. Gobernar, esta vez, le exige el oficio contrario: construir mayorías con aliados que todavía no se comprometen del todo, como Renovación Popular, ceder puestos directivos, bancas en comisiones y tolerar que la agenda no sea enteramente suya. Una encuesta reciente encontró que más de la mitad del país preferiría un gabinete con varios partidos. Lo difícil no es que Fujimori lo proponga, es que alguien más se anime a aceptarlo.
Tampoco va a esperar la realidad: un Niño que se anuncia fuerte, una formalización minera que vence antes de fin de año, setenta mil obras públicas paralizadas en alguna región del país y un Banco Central que se queda sin presidente el mismo 28 de julio, justo cuando los mercados pedían señales de continuidad. La oposición, sin embargo, no apuesta todo a la calle: Juntos por el Perú -debilitado por su campaña sobre el fraude- ya negocia una agenda legislativa conjunta con otras dos bancadas de izquierda, y eso -no las marchas- es lo que puede complicarle los primeros cien días a Fujimori.
Pero ¿qué se le dice a quienes la han rechazado cuatro veces consecutivas? El discurso de unidad del día del triunfo no alcanza si no se traduce en algo que esa parte del país pueda reconocer como suyo: presencia del Estado donde nunca llegó, no solo en el discurso sino en el presupuesto, en los nombramientos y en las prioridades de la agenda legislativa. Ganar la presidencia no exige que la otra mitad la abrace. Exige que, por primera vez en quince años, tenga una razón menos para seguir diciéndole que no. Esa es la promesa de campaña que más le costará cumplir en cinco años de gobierno con un Congreso que tampoco es suyo del todo.
Fuente: Fernando Tuesta Soldevilla
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