En EL DISTRITO |

Fiesta hoy, olvido mañana

En los pueblos del norte de Castrovirreyna, y con seguridad en todos los pueblos de nuestro país, las campañas electorales tiene calendario de fiesta patronal y de momentos de algarabia popular.

Todo es un himno al momento presente, pagado por el candidato que quiere agarrar el poder del pueblo.
Todo es un himno al momento presente, pagado por el candidato que quiere agarrar el poder del pueblo.

 

Por: Ferrer Maizondo Saldaña

 

 

En los pueblos del norte de Castrovirreyna, y con seguridad en todos los pueblos de nuestro país, la campaña electoral tiene calendario de fiesta patronal. Cada semana se presenta una nueva caravana política con orquesta o banda de músicos, cajas y cajas de cerveza, ollas pesadas rebosantes y promesas, tan solo promesas, envueltas en aplausos.

 

Los candidatos llegan encabezando una delegación: saludan, sonríen, siguen saludando, abrazan, distribuyen brindis y convierten la plaza en un espacio bullanguero donde la música intenta acallar las preguntas que nunca se responden.

 

Cada fin de semana, hasta el centro poblado más alejado se transforma en pista de baile. Suenan las cumbias, huaynos y pasodobles de moda, se levantan las copas, la comida circula de mano en mano y el entusiasmo llega hasta el cielo. Todo gratis. Todo corre por cuenta de quienes aspiran a la alcaldía o al gobierno regional. La campaña en los pueblos se mide por el tipo orquesta o banda, la cantidad de cerveza destapada y el tamaño del banquete servido. Un táper y otro táper para los compadres.

 

—¿Y el plan de gobierno?

 

—Eso puede esperar.

 

Lo necesario parece ser llenar los vasos. Una cerveza para el amigo, otra para el compadre, una más para el ahijado. Los candidatos y sus serviciales acompañantes multiplican abrazos, besos y apretones de manos. Todos son atentos, generosos y afectuosos mientras dura la campaña. La cercanía se convierte en estrategia y la simpatía en el principal argumento electoral.

 

Es la historia de siempre, detrás de la música, el zapateo y los tragos, permanece intacta la realidad. La anemia y la desnutrición siguen golpeando a la niñez; muchas comunidades continúan sin electricidad, sin agua potable ni alcantarillado; los jóvenes y las familias continúan emigrando hacia la costa en busca de oportunidades laborales o educativas. La carretera que parte de Chincha y alguna vez tuvo liviana capa de asfaltado, hoy es una abandonada trocha, ahuecada por el olvido y la indiferencia de las autoridades. Es una carretera polvoriente, “carretera de mis penas”. Pero cuando irrumpe el bullicio electoral, las carencias parecen espantarse, esconderse detrás del sonido de los bombos y platillos.

 

Como broche final llega la competencia por demostrar quién es el más "buena gente". Un candidato promete apadrinar todas las promociones escolares; si el rival ya hizo la oferta, entonces anuncia que será mayordomo de la próxima fiesta costumbrista. Así, entre brindis, padrinazgos y compromisos festivos, la campaña electoral vuelve a recorrer el mismo camino de siempre: mucho espectáculo, abundante celebración y escaso debate sobre el futuro de los pueblos, nula atención a las necesidades y urgencias de los pobladores.

 

Ferrer Maizondo Saldaña / huachosperu@gmail.com

 

 

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