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León Trahtemberg: En cada gesto hay una ideología

El profesor también habla cuando calla. . Un profesor puede leer literalmente un texto sobre el aborto y, con una mueca o un tono sarcástico, comunicar su desacuerdo.

Keiko Fujimori anunció que los textos escolares de 2027 saldrán «sin ningún tipo de ideología», mientras el ministro Chang promete rigor y objetividad. Suena tranquilizador, pero hay una confusión: el rigor científico es indispensable; la neutralidad absoluta, imposible.
Keiko Fujimori anunció que los textos escolares de 2027 saldrán «sin ningún tipo de ideología», mientras el ministro Chang promete rigor y objetividad. Suena tranquilizador, pero hay una confusión: el rigor científico es indispensable; la neutralidad absoluta, imposible.

 

Por: León Trahtemberg 

Especialista en Ciencias de la  Educación


Keiko Fujimori anunció que los textos escolares de 2027 saldrán «sin ningún tipo de ideología», mientras el ministro Chang promete rigor y objetividad. Suena tranquilizador, pero hay una confusión: el rigor científico es indispensable; la neutralidad absoluta, imposible.

 

Seleccionar hechos, ordenarlos, jerarquizarlos, escoger palabras y decidir qué incluir y qué omitir expresa una visión del mundo. No existe una narración hecha desde ninguna parte. Y la ideología no solo se transmite mediante las palabras. Un profesor puede leer literalmente un texto sobre el aborto y, con una mueca o un tono sarcástico, comunicar su desacuerdo.

 

El profesor también habla cuando calla.No necesita decir «estás equivocado» para manifestar su desacuerdo o desautorizar a un alumno. Le basta levantar una ceja, esbozar una sonrisa burlona o dirigir una mirada cómplice al resto de la clase. Tampoco necesita decir «estoy de acuerdo» o «muy bien» para expresar aprobación. Un movimiento de cabeza puede ser suficiente. En el aula, los gestos también educan.

 

Esa comunicación silenciosa tiene un enorme poder. Los estudiantes observan al profesor para descubrir qué opiniones pueden expresar sin exponerse al ridículo o la censura. Si una pregunta de un alumno recibe una mirada despectiva, quizá nunca vuelva a formularse.

 

La cuestión de fondo es cómo se espera que los profesores entiendan su función. Cuando en el colegio solo se admite una versión de los hechos —la considerada oficialmente correcta—, cada intervención del alumno queda sometida al veredicto del profesor: una sonrisa, un ceño fruncido o un simple movimiento de cabeza bastan para aprobarla o descalificarla.

 

En cambio, cuando el docente actúa como facilitador, presenta distintas fuentes e invita a confrontar cada argumento con otros puntos de vista, incluso los contrarios, la conversación en el aula cambia de naturaleza. Ya no se trata de adivinar qué piensa el profesor, sino de contrastar evidencias, confrontar ideas y construir un criterio propio. Así se cultiva no solamente el pensamiento crítico, sino también una capacidad esencial para la vida democrática: escuchar, disentir, argumentar y convivir con quienes piensan diferente.

 

Más aún, en tiempos de inteligencia artificial, cuando los alumnos necesitan aprender a cuestionar respuestas aparentemente incuestionables, detectar sesgos, contrastar fuentes y confrontar argumentos, ¿vamos a limitar precisamente esa capacidad en la escuela? ¿Cómo esperamos que desarrollen pensamiento crítico frente a las respuestas de la IA si los acostumbramos a aceptar sin discusión las verdades que les presenta el profesor?

 

¿Cómo esperamos que los alumnos comprendan por qué deben rechazar las ideas de Sendero Luminoso si no conocen sus argumentos ni aprenden a refutarlos? ¿Cómo comprender la lucha contra el terrorismo sin estudiar, junto a sus crímenes, las violaciones de derechos humanos cometidas por agentes del Estado? Reconocerlas no justifica el terrorismo; enseña que defender la democracia exige respetar sus principios y ser autocríticos con aquello que no se hizo bien.

 

¿Cómo enseñar convivencia si silenciamos que existen personas homosexuales, bisexuales o trans? Ocultar esas realidades no las elimina. Solo deja a los estudiantes sin herramientas para comprender la diversidad humana, comprenderse a sí mismos y reconocer a sus compañeros como iguales en dignidad y derechos.


La fantasía de la asepsia tiene dos costos. Sustituye la comparación de fuentes y perspectivas por una verdad autorizada. Y transmite a los estudiantes un mensaje todavía más peligroso: que las inquietudes que realmente les importan no tienen lugar en la escuela. Si allí no pueden preguntar, disentir o sentirse escuchados con empatía, buscarán respuestas fuera, sin la orientación pedagógica que podría ayudarlos a comprenderlas. Peor aún, aprenderán que el colegio es precisamente el lugar donde no se puede hablar de las cosas que más importan en la vida. Así, la escuela renuncia a su función precisamente cuando más necesaria es.


Rigor científico no significa imponer una interpretación oficial. Significa contrastar evidencias, reconocer diferencias, debatir con respeto y aprender a pensar. Una escuela que teme mostrar la complejidad no elimina la ideología: la esconde. Y cuando presenta su propia ideología como si fuera neutralidad, convierte el adoctrinamiento en una aparente virtud educativa. 

 

 

 

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