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Mallquis: los gobernantes momificados del Imperio Inca en su apogeo

El Imperio de los Muertos nos muestra la enorme importancia de las momias para los incas y analiza las disputas por su control durante la conquista y la república.

Christopher Heaney, habla de los múltiples destinos de restos humanos prehispánicos, desde su veneración por los incas hasta su exhibición y explotación por las instituciones museísticas actuales.
Christopher Heaney, habla de los múltiples destinos de restos humanos prehispánicos, desde su veneración por los incas hasta su exhibición y explotación por las instituciones museísticas actuales.

 

Durante el apogeo del Imperio Inca (Tawantinsuyu), los mallquis, los cuerpos momificados de los gobernantes incas, desempeñaban un papel sagrado y activo en la sociedad. A diferencia de las prácticas de momificación en otros lugares, los incas preservaron a sus líderes no sólo para la eternidad sino para continuar su influencia entre los vivos. 

 

Estos venerados ancestros eran consultados sobre asuntos vitales: matrimonios, salud, fertilidad de la tierra, disputas territoriales e incluso el flujo de agua, su función más esencial.


La práctica de crear mallquis comenzó con Pachacuti, el noveno Sapa Inca, quien transformó a Cusco en el poderoso Imperio Inca. 

 

Probablemente influenciado por los chancas, que llevaban a sus ancestros momificados a la batalla, Pachacuti abrazó esta tradición andina y la extendió a sus sucesores. Su legado también incluye el renombrado sitio de Machu Picchu, que se cree que es su propiedad real.


Si bien la mayoría de los difuntos eran secados y colocados en cuevas o estructuras de piedra, la momificación estaba reservada para líderes y figuras veneradas. En 1559 EC, las fuerzas españolas descubrieron la momia de Pachacuti, escondida después de la conquista, pero se perdió trágicamente en el tránsito hacia Lima y su destino quedó envuelto en un misterio.

 

 

“El Imperio de los Muertos: Las momias inca y los museos de las Américas”, libro de Christopher Heaney

 

Quise escribir una nota para Cusco Social sobre este gran libro, que contribuye a muchos debates actuales en Cusco y otras regiones. Decidimos publicar aquí, traducida, una reseña que escribí para Hispanic American Historical Review. El Imperio de los Muertos nos muestra la enorme importancia de las momias para los incas y analiza las disputas por su control durante la conquista y la república, batallas que continúan hasta el presente y que involucran a comunidades campesinas, científicos, autoridades y museos internacionales.

 

Christopher Heaney ha escrito un estudio notable sobre las momias andinas, desde aproximadamente el siglo XIV hasta la actualidad. Comprendidos por los incas y otras civilizaciones como ancestros inmortales, por los colonizadores españoles como un botín de victoria frustrantemente problemático, y por científicos y museos como una pieza indispensable del rompecabezas humano, estos restos vivientes han provocado controversias y enfrentamientos fascinantes y prolongados desde la conquista. De hecho, parecen figurar prácticamente en cada punto de inflexión importante de la historia longue durée del Perú, así como en muchos momentos clave de la antropología y la arqueología. Heaney guía al lector con elegancia desde el Tahuantinsuyo hasta las disputas museísticas contemporáneas sobre la repatriación, contribuyendo a numerosos debates interdisciplinarios. Cualquiera que participe en (o esté intrigado por) las polémicas sobre la custodia de restos humanos, se beneficiará de la lectura de El Imperio de los Muertos.

Heaney es historiador, periodista y literato estadounidense; actualmente es docente en la Universidad de Pensilvania (Penn State). Es conocido en el Perú por sus investigaciones sobre la historia de la arqueología andina, en concreto, sobre el proceso de puesta en valor de Machupicchu. Su colega, historiador Charles Walker (Universidad de California, Davis), nos brinda gentilmente una detallada reseña de este volumen.Heaney es historiador, periodista y literato estadounidense; actualmente es docente en la Universidad de Pensilvania (Penn State). Es conocido en el Perú por sus investigaciones sobre la historia de la arqueología andina, en concreto, sobre el proceso de puesta en valor de Machupicchu. Su colega, historiador Charles Walker (Universidad de California, Davis), nos brinda gentilmente una detallada reseña de este volumen.

 

La investigación impecable y la vívida prosa de Heaney, conocida para muchos por su trabajo periodístico en revistas como The New Yorker y The Atlantic, destacan en los cruciales capítulos iniciales sobre la comprensión que tenían los incas y otros grupos precolombinos del rol de los muertos, la veneración de los antepasados y el cuidado post mortem de sus cuerpos. A diferencia de los conquistadores, científicos y políticos, a quienes se refieren los capítulos siguientes, Heaney respeta esas visiones y prácticas antiguas. Las dilucida mediante una minuciosa etnohistoria, sumando con éxito sus hallazgos a los debates pasados y presentes. Cuenta la versión inca de la historia, y es una historia asombrosa. En medio de la conquista, los guerreros incas hicieron todo lo posible por salvar a sus ancestros, preocupándose a menudo por los muertos en igual medida que por los vivos.

 

La interrogante acerca de qué hacer con las antiguas tumbas y sus restos humanos desconcertó a los recién llegados. Los actos de saqueo o destrucción solo parecían aumentar la reverencia del pueblo andino por los difuntos, acrecentando su magnetismo y poder, y debilitando así la hegemonía de los invasores. La lealtad de las poblaciones andinas hacia sus muertos intrigó a los españoles y, a mediados del periodo colonial, los europeos y criollos también empezaron a mostrar fascinación por las tumbas y los cuerpos de los difuntos.

 

En busca de información, los españoles hicieron «bioprospección» —término que el autor aplica con cautela— de esos restos, parte de lo que él define como el «imperio mortuorio». El pintoresco relato de Heaney sobre Lionel Wafer, quien llegó a Puerto Bermejo en 1687 a bordo de un barco pirata, pone de relieve estas diferentes olas de exploración e interpretación. El aventurero galés describió unos cuerpos que se asomaban de la tierra en las playas del río Huarmey. Tras interrogar a los lugareños y desenterrar los restos, compuso la historia de un grandioso asentamiento inca. Wafer fue uno de los muchos aventureros y protocientíficos de este tipo. En la etapa antecedente a las ciencias modernas, viajeros y estudiosos a lo largo del periodo colonial buscaron las «momias incas» y debatieron sobre ellas, intentando utilizarlas para descifrar la historia distante y respaldar afirmaciones a menudo estrafalarias.

 

Heaney capta con agudeza el largo proceso evolutivo del escrutinio científico —y el abuso— de los restos incas. En estos capítulos iniciales, sin embargo, a veces incluye un excesivo número de ejemplos y cita demasiadas obras, haciendo que su prosa se le adelante. En algunas secciones, se plantea unas metas demasiado ambiciosas, abordando múltiples debates académicos y corrientes historiográficas, mientras intenta mantener la narrativa legible e incluso entretenida. Tuve que releer algún párrafo una o dos veces. Sin embargo, se trata de un reparo menor, debido principalmente al reto tan alto que el mismo autor se impone como escritor e investigador.

 

Muchos académicos, abordando este tema, se habrían puesto como límite el siglo XVIII, quedando satisfechos con un tour de force etnohistórico y sus ramificaciones a numerosas disciplinas y controversias. Afortunadamente, Heaney lleva la historia hasta el siglo XXI. Su énfasis en el interés por los muertos y la búsqueda de un supuesto código secreto del pasado humano ofrece aproximaciones sorprendentemente novedosas tanto a la historia andina como a la antropología y los estudios museísticos. Por ejemplo, el capítulo sobre la «momia de San Martín» recoge muchas de las ambigüedades y contradicciones de la independencia peruana, particularmente, la pregunta sobre los destinos de la población indígena y los silencios alrededor del legado de los incas.

 

Su estudio sobre Julio C. Tello (1880-1947) es un ejemplo de historia intelectual y un ejercicio biográfico de primer orden. A lo largo de dos capítulos, Heaney traza el ascenso de Tello como reputado arqueólogo, el desdén que recibió en el Perú debido a sus humildes orígenes y las aguas turbulentas que tuvo que navegar en el extranjero mientras buscaba apoyo para sus proyectos de investigación en instituciones estadounidenses y europeas. A lo largo de su extensa carrera, Tello se enfrentó al racismo y a las mezquindades que obstaculizaban su trabajo. Estos dos capítulos no solo son una biografía extraordinaria que hace lucir la profunda pesquisa y la rica prosa de Heaney, sino también una muestra de historia transnacional en su máxima expresión. La narración se desplaza con facilidad entre el Perú —Huarochirí, Lima, Cusco y más— y los Estados Unidos —las Universidades de Harvard y Filadelfia y museos como el Peabody—. Estos dos capítulos sobre Tello serán reveladores para cualquiera que esté interesado en la época moderna de América Latina, la arqueología y el resto de los múltiples campos de estudio que aborda Heaney.

 

En el epílogo, Heaney retoma y sintetiza sus diferentes argumentos y narrativas, haciendo notar la preocupante abundancia de momias andinas en los museos de todo el mundo. El autor no se limita a reprender a quienes han facilitado el desplazamiento de estas piezas de colección, desde saqueadores hasta directores de museos, sino que pone acento en las formas alternativas de entender la trascendencia de las momias y reubicarlas. Pocos historiadores han hecho un servicio equiparable para replantear el uso actual del pasado.

 

El lector cusqueño encontrará en este volumen mucha información de su interés. Me fascinó, por ejemplo, la descripción y el análisis del duelo por la muerte de Huayna Cápac y del viaje de su cadáver, «vestido con una fina túnica y un manto, y colocado en una litera adornada con plumas y oro» (p. 70). La investigación es muy seria, y el estilo literario de Heaney, en la traducción de Eliana Gamarra Carrillo, es excepcional.

 

Además, la edición sobresale por su estética, con ilustraciones y otros toques artísticos admirables. Aprovecho la oportunidad para expresar mis felicitaciones al Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica, que nos trae un libro altamente recomendable, atractivo tanto para especialistas como para público amplio. Será beneficioso en una variedad de cursos académicos y contribuirá a los debates sobre los Andes, sobre su pasado y presente. 

 

 

 

 

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