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Reivindicación del aceite de oliva, pilar de la cultura mediterránea

En el libro, "Un mar de oro verde", el historiador español Emilio Lara reivindica su papel como principal ente vertebrador de la civilización occidental

Con la primera vuelta al mundo por los navegadores conquistadores europeos por los mares del Sur el aceite de oliva marcó la primera globalización.
Con la primera vuelta al mundo por los navegadores conquistadores europeos por los mares del Sur el aceite de oliva marcó la primera globalización.

 

Cada mañana, miles de personas dejan caer un hilo de aceite de oliva sobre una tostada sin sospechar que están repitiendo uno de los gestos más antiguos de la civilización.

 

Hace 2.000 años, ese mismo líquido iluminaba las noches de Roma, lubricaba la maquinaria económica del Mediterráneo, sanaba heridas, perfumaba cuerpos y cruzaba el mar dentro de millones de ánforas.

 

Anforas llenas de aceite de oliva en las naves de Fernado de Magallanes.

 

Quizá es por lo que Emilio Lara sostiene en Un mar de oro verde (Ariel, 2026) una idea tan sencilla como reveladora: el aceite de oliva fue el petróleo de la Antigüedad. Y no como metáfora grandilocuente, sino como descripción fidedigna. “En Roma era un elemento de romanización tan importante como el latín, el derecho, las legiones o las infraestructuras”, explica por teléfono.

 

El aceite de oliva fue el petróleo de la Antigüedad: alimentó imperios, sostuvo economías, iluminó ciudades, ungió reyes e inspiró artistas. Este oro líquido es, ante todo, fruto de una interacción compleja entre naturaleza, conocimiento y cultura. Emilio Lara sigue la huella del olivo desde las primeras almazaras prehistóricas hasta las luces de Silicon Valley, pasando por Grecia, Rome, Al-Ándalus y nuestra civilización. Con rigor de historiador y alma de novelista, el autor enlaza pasado y presente para demostrarnos cómo ha sazonado nuestros platos y nuestras vidas.

 

Pero albergaba una deuda en los manuales de historia. “Los estudiosos ingleses y americanos son incapaces de dimensionar su papel económico, simbólico o antropológico. Tenía que hacerlo un europeo de la cuenca mediterránea”, apunta el autor, nacido en Jaén en 1968. “Las rutas marítimas eran oleoductos invisibles”, comenta Lara, que se refiere al Mare Nostrum como “Mare Oleum”.

 

Una imagen que incluye mercancías y símbolos. Mientras el petróleo ha terminado asociado a conflictos, dependencia energética y contaminación, el aceite de oliva representa lo contrario: salud, paisaje, tradición, longevidad, cocina, familia. No mueve automóviles: mueve identidades. Podría considerarse un faro moral de Occidente gracias a esa “patria transnacional” tapizada por olivares.

 

Basta recorrer la Toscana, el Peloponeso, el Alentejo o las montañas del Rif para experimentar esa extraña familiaridad que produce un árbol repetido hasta el horizonte. Más allá de fronteras, religiones o idiomas, el olivo continúa dibujando un paisaje sentimental compartido. “Estamos hermanados por la historia, por las costumbres y por el aceite”, concede Lara, aludiendo a la expansión en geografías como China.

 

Esa matriz común atraviesa idiosincrasias y creencias. En el Corán aparece como árbol sagrado y la tradición islámica imagina un paraíso poblado de olivos. La herencia andalusí, además, dejó una huella inesperada en la vida cotidiana europea. Fueron los musulmanes quienes desarrollaron el jabón con los restos del aceite. Durante siglos, “Europa olió a la limpia fragancia de Castilla”, aduce Lara.

 

Incluso hubo un tiempo en que cocinar con aceite despertaba sospechas. Durante la España bajomedieval y buena parte de la Edad Moderna, se asociaba a judíos y musulmanes. Los cristianos se inclinaban por la manteca de cerdo. La Inquisición llegó incluso a desconfiar de quienes lo utilizaban.

 

Y cuando los viajeros románticos atravesaban España, encontraban aceites defectuosos, mal conservados. “Decían que era malo y llevaban razón”, admite Lara. El cambio llegó después. La modernización del sector, la entrada en la Unión Europea y una nueva confianza colectiva transformaron radicalmente la calidad.

 

Ahora, los japoneses pagan cifras descomunales por los aceites prémium españoles y hasta las laderas próximas al monte Fuji comienzan a teñirse de verde oliva. Cada nuevo país productor amplía también el mercado. Y cuanto más global se vuelve, más mediterráneo parece. Porque, aunque el mundo cambia a velocidad digital, el aceite de oliva sigue exigiendo lo mismo que hace 2.000 años: tierra y paciencia. 

 

Fuente: El Pais

 

 

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