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¿La escuela es un ring de boxeo o un bote de remo?

Los padres de los alumnos piensan de una manera, pero la sociedad educativa, de otra. Es necesario conciliarlos.

Cuando los padres eligen un colegio como aliado estratégico para educar a sus hijos, están reconociendo implícitamente su capacidad profesional y depositando su confianza en su criterio decisional.
Cuando los padres eligen un colegio como aliado estratégico para educar a sus hijos, están reconociendo implícitamente su capacidad profesional y depositando su confianza en su criterio decisional.

 

Por: León Trahtemberg 

 

Hay padres que viven la escolaridad de sus hijos como si fuera un ring de boxeo. Cada desacuerdo con un profesor, cada mala nota, cada conflicto con un compañero se convierte en una pelea que hay que ganar.

 

El mensaje al hijo es claro: “Defiéndete, responde, no te dejes”. Y, si hace falta, los propios padres suben al ring.


Pero la educación se parece mucho más a un bote de remo que a un cuadrilátero. Familia y escuela están en el mismo bote, con un pasajero cuyo futuro depende de que ambos sepan remar.


Cuando los padres eligen un colegio como aliado estratégico para educar a sus hijos, están reconociendo implícitamente su capacidad profesional y depositando su confianza en su criterio. Saben, o deberían saber, que no siempre coincidirán. Y es natural que así sea. Los padres miran a su hijo desde la intimidad del hogar, sus necesidades y su historia familiar. El colegio debe mirar simultáneamente a cientos de alumnos, sus relaciones, sus derechos y las exigencias de la convivencia colectiva. No son miradas idénticas ni tienen por qué serlo. Son miradas complementarias.


Eso no significa renunciar al derecho a discrepar, cuestionar decisiones o exigir explicaciones. Los profesores también pueden equivocarse. Pero una cosa es dialogar con un aliado en quien se confía y otra convertir cada diferencia en una batalla que hay que ganar.


¿Qué aprende un niño cuando sus padres lo defienden incondicionalmente, incluso cuando se equivoca? ¿A reconocer errores y asumir responsabilidades, o a buscar aliados para eludir las consecuencias de sus actos?


Cuando familia y escuela reman en direcciones opuestas, no solamente se agotan los adultos. El niño pierde el rumbo. Aprende a enfrentar a unos contra otros en lugar de desarrollar recursos para resolver sus dificultades.


La confianza no exige obediencia ciega ni silencio frente a las injusticias. Exige respeto mutuo, diálogo y disposición a reconocer que ninguna de las partes posee toda la verdad.


Educar juntos no es pensar igual. Es aprender a remar hacia el mismo destino, incluso cuando discrepamos sobre cómo llegar.

 

 

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